
Foto: bizen99
La gran Alice escribió hace un par de días un post de título "Life and things like it" del cual me permito transcribir un extracto:
Soy abogado, soy arquitecto, soy consultor, soy músico, soy psiquiatra. Lo que me jode un poco es la palabra “soy”. Yo creo que las personas deberíamos de crecer sabiendo que somos más que a lo que nos dedicamos. Por ejemplo, soy una persona, me dedico a soñar, a preguntar a descubir, a emocionarme. Me dedico a respirar, a convivir, a amar, a escuchar. Cuando no me da flojera me dedico a bloguear
Tengo un amigo que después de subir rápidamente la escalera jerárquica del trabajo que tenía hasta llegar un puesto abajo del más arriba posible (al que sus estudios le impedían acceder, además) estaba de lo más feliz. Super orgulloso de sus resultados. Te enseñaba los estados financieros de la organización con una mezcla de cariño y orgullo, como si estuvieras viendo las fotos de sus hijos como iban creciendo.
Un día lo corrieron. No fue del todo inesperado, se medio veía venir, pero no lo corrieron en medio de la turbulencia, sino después cuando llegó la calma. Se super mega sacó de onda. Dice que no, pero la verdad es que fue una época de mucha depresión y autocuestionamientos.
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Me contó que el era quien llevaba a los niños a la escuela porque levantarse temprano para tenerlos a la hora de entrada de clases también le perimitía ser el primero en llegar a la oficina. Cuando la oficina se acabó se seguía levantando temprano a llevar a los niños pero después de dejarlos en la escuela ya no tenía a donde ir, no quería regresarse a su casa a no hacer nada, pero no tenía más que hacer. Sus días cambiaron radicalmente en muy poco tiempo, antes siempre venía pensando desde el coche en su agenda del día, de la semana y del mes. Y ahora nada. Agenda vacía, obligaciones llevar a los niños a la escuela y no más.
¡Kaboom! Así, cual vil golpe de Batman, Alice nos ha zorrajado a sus lectores una verdad de esas que te sacuden cual sismo de 8 grados y te deja helado: somos el resultado de lo que hemos invertido en nosotros mismos en todos los rubros de la vida y no la perspectiva que otras personas tienen de nosotros.
El caso que Alice relata me resulta familiar; a mí me corrieron de un trabajo por cuestiones sindicales justo en el momento en el cual había sido ascendida a editora de primera plana y me disponia a iniciar lo que yo pensé sería el aprendizaje más fuerte y el puesto de más responsabilidad de mi vida. La alegría me duro 3 días, los suficientes para que se me entregara una oficina rodeada de cristales (para vigilar a los editores de secciones y a los reporteros), equipo de última generación y dos invitaciones para cenar y comer con los dueños de ese lugar (unos tales O'Farril). Al cuarto día, el líder sindical logró que se me sacara del edificio custodiada y con una caja de cartón en las manos cargada de mis pocas pertenencias personales "porque nadie nunca más se puede volver personal de confianza". Y tal como el amigo de Alice, mi shock fue tan fuerte que lo único que se me ocurrió hacer fue meterme a una iglesia y hacerle una pregunta a Dios entre lágrimas: "¿Por qué no me permiten demostrar todo lo mucho que valgo?"
El error fue, por supuesto, entender las cosas bajo su perspectiva y pensar que ellos estaban más calificados que yo misma para decidir lo que yo valía en esos momentos (por eso Dios sabiamente calló la respuesta hasta que yo la descubrí por mi misma).
Algo similar sucede con el 99.98% de las mujeres de la ciudad donde vivo actualmente y, supongo, una gran mayoría del país: se sienten "alguien" porque un we les regaló su apellido. Y mientras más rimbombante y pomposo suene, más se la creen. Piensan, pobres ingenuas, que su valor como persona lo define la preposición "de" seguida de un apellido del tipo Corcueramansur (mientras más rimbombante, mejor) y que cuando logran el objetivo de tener un lugar en la high por todos los bienes materiales que sus esposos les dan ya no hay más que hacer en la vida que vivírsela en Fábricas de Francia, viajar a Europa, convivir con los Montero de la Garza de los Bombones :) y prácticamente gritarle al pobre reportero de la sección de Sociales del periódico local (en donde aman salir para demostrar quien gana siempre) quién es su dueño para que nunca lo olviden. Y claro, el we puede ser golpeador, abusador verbal, infielote o, simplemente, del tipo que se busca a una Barbie de aparador para presumirla porque no sirve para otra cosa... eso es lo de menos mientras afloje la lana. ¿Así o más deprimente? Nuevamente, estas pobres mujeres se atribuyen el valor que tienen como personas basándose en la perspectiva que manejan de ellas los demás, no por lo que realmente valen.
"La verdadera libertad y el más alto valor se consigue siendo independiente", me decía mi madre (tal vez para ver si así finalmente dejaba el hogar para volar sola) y ésta es una de las enseñanzas de ella que he tomado como legado suyo. Si dependes de las etiquetas que te cuelgan los demás estás, de plano, frito y amolado. Y retomando lo que dice Alice, soñar, descubrir, escuchar, emocionarte, vivir y, agregaría yo, estudiar continuamente lo que te guste, retarte a ti mismo a realizar un logro importante cada dos o tres años y ayudar a terceros desinteresadamente, es la única manera de que empieces a sentir algo que cambiará tu vida después de sentirlo por primera vez: el respeto por ti mismo.
Una vez que el respeto a tu persona te inunda, la perspectiva que los otros tienen de ti dejará de afectarte. No hay más.
Buen martes.
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La rola de hoy:
That Was MePaul McCartney
Memory Almost Full