Hace algún tiempo, mi novio de esa época y yo decidimos ir al cine cada miércoles, aprovechando el tradicional 2 x 1 y con la idea de encontrar tiempo para vernos en días hábiles. De esas idas al cine, recuerdo una en particular, la de la función de las 10 de la noche de una película para adolescentes y adultos de la cual salimos como nunca nos imaginamos: a la mitad de la película, enojados, peleados y con las palomitas atragantadas del puro coraje.
Como era una película de estreno la sala casi se encontraba llena a pesar de ser la última función. Nosotros, pobre ingenuos y pensando que, dada la hora, sólo habría el tipo de público esperado, entramos a la sala y nos sentamos en una de las primeras filas. Y la vida era feliz hasta que, justo antes de que apagaran las luces, entró apresuradamente a la sala una pareja no con uno y no con dos sino con ¡tres! niños cuyas edades iban aproximadamente de los 6 a los 12 años de edad.
Y sí, por supuesto, cuando el universo se conjuga para decidir que es momento de estropearte la sonrisa, no hay como pararlo, ¿dónde creen que se sentaron? Así es, justo enfrente de nosotros porque, claro, ya no habían 5 lugares juntos en ninguna parte de la sala. Sobra ya decir qué pasó pero lo cierto es que desde el momento en que empezó la función no hubo forma de ver la película, ¡los ezcuincles no se callaban! Peor aún, como se aburrieron inmediatamente (¿y de qué otra forma podría ser?), se les hizo muy fácil salirse al pasillo, sentarse en las escaleras y empezar a perseguirse a lo largo de la primera sección con los correspondientes, gritos, chillidos, alaridos y carcajadas infantiles. ¿Y los padres? Bien, gracias, tratando de concentrarse en lo que se estaba mostrando, seguramente era un intento por descansar aunque fuera una hora y fracción de los gritos de sus hiperactivos monstruos (síganle reproduciéndose a lo wey, muchachos...).
Molesto y alterado, mi novio fue a buscar un responsable que le explicara por qué demonios se había permitido la entrada de tres niños a una función de adolescentes y adultos. Al no encontrar a nadie que estuviera al mando, se regresó y de un golpe se sentó diciendo en voz lo suficientemente alta como para que lo escucharán los papás de los monstruos: "¡Ya estoy hasta la madre de estos ezcuincles! Un grito más de ellos y los callo yo, personalmente". Y sí, poco tiempo pasó para que se parara, ahora ya totalmente furioso, para controlar a los nenes aunque nunca contó con lo que obviamente tenía que suceder: el papá, que había escuchado la amenaza, como resorte brincó de su asiento para interceptarlo y gritonearle que sólo bastaba que se atreviera a hablarles para que le soltara el primer golpe. "¡Son niños!", dijo, "¿qué no lo entiendes?"
Y sí, niños que sólo se comportan como tales en cualquier lugar y a cualquier hora (productos de padres demasiado permisivos) son los que el día de hoy generaron una nota en el periódico de Nueva Jersey, Asbury Park Press, que nos reporta que una pareja de Long Island, William y Rachel Poczatek, padres de dos hijas de 5 y 11 años, tendrán que presentarse a la corte local el próximo miércoles por el escándalo que sus angelitos hacen en la alberca de su patio trasero que, al parecer, es tan grande que ha generado la protesta de varios de sus vecinos.
Lo sorprendente para mí es que uno de los vecinos señala en la queja que trabaja 12 horas al día y que no está dispuesto a llegar a su casa para tener que aguantar los escandalitos de las niñas.... ¿pues a qué hora dejan los padres de estas niñas que jueguen en el patio trasero? ¿no han oido hablar de la palabra "disciplina" que siempre se asocia con la educación de un hijo?
No hay duda, en la vida cada uno tenemos lo que merecemos. Ni más ni menos.




