Sociedad: Marzo 2007 Archivos

Indocumentados

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Foto: ElPorvenir.com.mx


A mí jamás, en mi propio país, me habían preguntado si soy mexicana. ¡Jamás! Nunca mientras viví en la Ciudad de México a alguien que me acaba de ver por primera vez se le ocurrió dudar de mi nacionalidad, tal vez por el color de mi piel, mi cabello rizado o mi acento chilango. O tal vez porque en el DF todos reconocemos de inmediato el acento de la gente que es de afuera.

Y tal fue el caso en uno de mis viajes recientes a México en donde, en el autobús en donde iba, que se supone que es de clase superior, tuve que soportar el cuestionamiento de uno de los inspectores que me vio cara de Dios sólo sabe qué y me preguntó, quitado de la pena, si era mexicana y si podría probarlo. Menos mal que llevaba conmigo mi Credencial de Elector y que no corrí la suerte de la señora de la fila de atrás, que se tuvo que echar de su ronco pecho dos estrofas del Himno Nacional con una entonación que mejor ni les cuento.

Desde que vivo en Córdoba el cuento ha sido otro. Es común estar en el centro de la ciudad y escuchar acentos extranjeros o inclusive recibir visitas no anunciadas de centro/sudamericanos que llegan a pedirte comida... o dinero... o ropa... o algo.

Muchos de ellos, en especial los jovenes con tatuajes y aspecto marasalvatrucheno me ponen en guardia. Normalmente tocan el timbre alrededor de las 7 de la noche (cuando se les ocurre venir) y, alejados de la reja por la violenta reacción de Rufo, piden algo. No les doy nada porque me dicen que sólo basta darles una sonrisa y unos cuantos pesos para que se corra la voz de que en tu casa sí se les ayuda. Y, por supuesto, mucho menos permito que Daniela Lennon se asome a la puerta; no vaya a ser la de malas...

Con los que sí he caído son los señores (hombres) de mucha edad y esto se debe a mi ya famosa debilidad ante estas personas debido a que no tuve el privilegio de tener abuelos y no pude disfrutar de mi padre desde muy joven. A muchos de ellos les he dado comida, ropa que el señor periodista ya no usa o un poco de dinero porque me parte el alma en tres ver que tienen más de 60 años y que, aún así, emigran desde sus países buscando una vida más prometedora cuando deberían estar disfrutando de lo que cosecharon con su esfuerzo en sus primeros años de vida.

Y es que es verdaderamente alarmante el número de personas que pasan por nuestro país para llegar a Estados Unidos desde Ciudad Hidalgo, Chiapas. Aquí una pequeña prueba:



Este video lo tomé el viernes 16 de marzo a las 3 de la tarde a 3 cuadras de mi casa y, créanme, no muestra una corrida del tren Veracruz-México muy diferente a las demás. Todas son así.

Triste, ¿no?

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La letra de hoy:

All the lonely people
Where do they all come from?
All the lonely people
Where do they all belong?


Eleanor Rigby
The Beatles
Revolver


¿Usted ha tenido orgasmos ultimamente?

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Soy chilanga. Nací en la capital de un país que además es una de las ciudades más grandes del mundo. Nací en una urbe integrada por millones y millones de personas en donde aprendes, por la buena o por la mala, a no meterte en los asuntos ajenos y a llevar los tuyos en paz.

Por lo anterior, creo en el respeto a terceros. Creo en el respeto profundo a otros puntos de vista y a otros estilos de vida. Creo en que si tú no estás de acuerdo con las creencias de alguien más eres totalmente libre de acabártelo de manera privada (con o sin razón) pero no puedes hacerlo públicamente y mucho menos cuestionarlo directamente si esa persona no te ha dado permiso expreso para hacerlo.

Y escribo esto porque ahora me estoy enfrentando a un fenómeno que no me tocó mientras viví en la Ciudad de México (aunque me dice el señor periodista que sí es común allá) y que me está desquiciando: los reclutadores de almas.

Los reclutadores de almas (un nombre por demás apropiado para esta gente) son personas que, por alguna maldición que se está ejerciendo en mi contra, se reúnen semanalmente en una casa de la cuadra en donde yo vivo para practicar los ritos de su religión con cánticos y rezos a todo volumen y que, no satisfechos con sus ceremonias, tocan los timbres de todas las casas vecinas con el objetivo único de iniciar a los vecinos en sus prácticas religiosas semana tras semana.

Hasta aquí yo no tendría nada que decir al respecto si esta gente entendiera a la primera. Pero no es así. No entendieron a la primera (en donde fui sumamente educada) ni en la segunda (en donde contesté un parco "no es de su interés, señora" a la pregunta: "¿Usted lee la Biblia en familia"?) ni en las enemil consecutivas. Estos señores siguieron viniendo semana tras semana a tocar el timbre, aguantando estóicamente los gruñidos del buen Rufo (que obviamente siente que hay una razón válida para gruñirles y ladrarles tan agresivamente) y esperando a que Daniela Lennon, el señor periodista o yo abriéramos la puerta para disparar su cuestionamiento sobre nuestras costumbres religiosas.

Y como en la vida los grandes problemas requieren de grandes soluciones, hace unos días se las regresé. Fue un fin de semana reciente, uno en donde el día (lluvioso y medio gris, de esos que tanto me gustan) se prestó para regresarles un poco de lo que ellos hacen tan quitados de la pena.

El timbre sonó alrededor de mediodía. Asomándome desde la ventana del comedor los vi: tres personas, una señora mayor, muy mayor, un señor con aspecto de sumisión y una señora como de 50 y tantos años que se mantenían a prudente distancia por los gruñidos de Rufo. Abrí la puerta y les sonreí.

- Buenas tardes, ¿cómo está usted? - dijo la señora de mediana edad un poco sorprendida por mi sonrisa después de semanas completas de aguantar que le cerrara la puerta a la mitad de una frase.

- ¿Bien y ustedes?

- Muy bien, gracias. Somos el grupo de personas que nos reunimos aquí en la cuadra.

- Lo sé -, les dije sin agregar más y esperando el cuestionamiento personal que no tardó en llegar.

- ¿Usted ha leído la biblia en familia últimamente?

- No. ¿Usted ha tenido orgasmos últimamente?

Y mejor ni les describo la cara que puso. Solamente diré que muy indignados los tres mochos se fueron y que no han regresado desde entonces.

Ya preparo otra de estas preguntitas por si se les ocurriera regresar y hasta mi cámara para registrar sus caras de asombro. Que pena que haya cultos que se fortalezcan no por su calidad religiosa y trasparencia en sus manejos sino por el acoso excesivo de sus representantes.

Buen martes.

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La rola de hoy:

The Walrus And The Carpenter
The Beatles
No. 3 Abbey Road N. W. 8

80 Años

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-No lo compran ---dijo.

-Ya veremos ---dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.

Trató de tener los ojos abiertos pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.

-Contéstame.

El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.

-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.

-Entonces ya será veinte de enero --- dijo el, coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.

-Si el gallo, gana ----dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.

-Es un gallo que no puede perder.

-Pero, suponte que pierda.

-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso ----dijo el coronel.

La mujer se desesperó.

"Y mientras tanto qué comemos", preguntó y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.

-Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explicito, invencible, en el momento de responder:

- Mierda.


El Coronel No Tiene Quien Le Escriba

 


-- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.

Fermina Daza se estremeció porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo, y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio, porque estaba anonadado por el tremendo poder de inspiración de Florentino Ariza.

-¿Lo dice en serio? -le preguntó.

-Desde que nací -dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.

El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene limites.

-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

-Toda la vida -dijo.


El Amor en los Tiempos del Cólera

 

 

-En los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se cantaban al oído, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el límite de sus fuerzas: exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento y ella lo compartió.

En las pausas de la pasión intercambiaron pruebas excesivas. El le dijo que seria capaz de cualquier cosa por ella. Sierva María le pidió con una crueldad infantil que se comiera por ella una cucaracha. El la atrapó antes de que ella pudiera impedirlo y se la comió viva. En otros desafíos vesánicos él le preguntó si se cortaría la trenza por él y ella dijo que si, pero le advirtió en broma o en serio que en ese caso tendría que casarse con ella para cumplir la condición de la manda. El llevó a la celda un cuchillo de cocina y le dijo: --“Veamos si es cierto”. Ella se volvió de espaldas para que él pudiera cortar de raíz. Lo instó: “Atrévase”. No se atrevió.


Del Amor y Otros Demonios

 


-Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un gran esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Avila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero.

El Rastro de tu Sangre en la Nieve

 


-No sé si después de siete días sin comer, a la deriva en el mar, uno llega a acostumbrarse a esa vida. Me parece que sí. La desesperación del día anterior fue sustituida por una resignación pastosa y sin sentido. Yo estaba seguro de que todo era distinto, de que el mar y el cielo habían dejado de ser hostiles, y que los peces que me acompañaban en el viaje eran peces amigos. Mis viejos conocidos de siete días.

Esa mañana no pensé en arribar a ninguna parte. Estaba seguro de que la balsa había llegado a una región sin barcos en la que se extraviaban hasta las gaviotas.

Pensaba, sin embargo, que después de haber estado siete días a la deriva, llegaría a acostumbrarme al mar, a mi angustioso método de vida, sin necesidad de agudizar el ingenio para subsistir. Después de todo había subsistido una semana contra viento y marea. ¿Por qué no podía seguir viviendo indefinidamente en una balsa?


Relato de un Náufrago

 


-Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó quo la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento -como de costumbre- seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña quo la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba demorando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir.

Ojos de Perro Azul

 


Había llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas. Cuando escuchaba los valses de Pietro Crespi sentía los mismos deseos de llorar que tuvo en la adolescencia, como si el tiempo y los escarmientos no sirvieran de nada. Los rollos de música que ella misma había echado a la basura con el pretexto de que se estaban pudriendo con la humedad, seguían girando y golpeando martinetes en su memoria. Había tratado de hundirlos en la pasión pantanosa que se permitió con su sobrino Aureliano José y había tratado de refugiarse en la protección serena y viril del coronel Gerineldo Márquez pero no había conseguido derrotarlos ni con el acto más desesperado de su vejez, cuando bañaba al pequeño José Arcadio tres años antes de que lo mandaran al seminario y lo acariciaba no como podía hacerlo una abuela con un nieto sino como lo hubiera hecho una mujer con un hombre, como se contaba que lo hacían las matronas francesas y como ella quiso hacerlo con Pietro Crespi, a los doce, los catorce años, cuando lo vio con sus pantalones de baile y la varita mágica con que llevaba el compás del metrónomo. A veces le dolía haber dejado a su paso aquel reguero de miseria y a veces le daba tanta rabia que se pinchaba los dedos con las agujas pero más le dolía y más rabia le daba y más amargaba el fragante y agusanado guayabal de amor que iba arrastrando hacia la muerte.

Cien Años de Soledad

 


-Hola, poeta.

Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco papas, la Roma eterna mostraba los primeros síntomas de la decrepitud, y é seguía esperando. -He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más,- me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. -Puede ser cosa de meses-. Se fue arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años luchando en vida por la causa legítima de su propia canonización.


La Santa

 

Morir en Guatemala

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No se por qué, anoche, antes de dormirme, recordé a los Piña, una familia que fue mi vecina inmediata hace algunos años y que me mostró una faceta de las personas que yo no conocía.

Los conocí cuando Daniela Lennon y yo llegamos solas a iniciar una nueva vida en un nuevo hogar. El Sr. Piña, un hombre amable pero que mostraba un carácter fuerte, en su papel de arrendador me hizo saber, con una sonrisa diplomática pero con gran firmeza, que él jamás permitiría que yo me retrasara en pagar la renta de la casita que me había encantado desde que la vi por primera vez y que, por ningún motivo, se permitían niños jugando en la entrada de la privada. Dicho lo anterior, me reiteró que los días de pagos eran el primero de cada mes (no del primero al quinto ni del primero al tercero, ¡el primero!) y con una aire un poco amenazador se retiró de mi nueva casa.

En realidad, yo ya había oído hablar de ellos por medio de mi madrina que ocupaba la casa contigua. Según me decía, el Sr. Piña era el tipo de casero que, valiéndole gorro los medios legales, entraba a casa de sus arrendatarios y sacaba directamente a la calle todos sus muebles y pertenencias si éstos no cumplían. Teniendo este antecedente y habiendo ya firmado un contrato de arrendamiento con este temerario señor, me prometí primero dejar de comer antes de no cumplir con aquello a lo que ya me había comprometido.

Con el transcurso de los meses me tocó innumerables ocasiones verlo actuar en familia. La suya se componía de una esposa de mediana edad, una mujer más bien retraída que siempre cuidaba su arreglo personal y cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. De estos, el único rescatable era el más joven que debía haber andado sobre los 25 años y que, a diferencia de sus familiares directos, no tenía problemas en sonreir al saludar a las personas que se encontraba cuando llegaba o salía de su casa. Entre el más joven de los Piña y yo nació una amistad un tanto superficial que, por lo menos, dio para platicar sobre nuestras actividades profesionales y un poco de nuestras vidas personales cuando nos encontrábamos en la calle en las tardes o noches.

Tres años después de haber firmado ese amenazante contrato de arrendamiento, una tarde se presentó en mi casita el Sr. Piña anunciándome con firmeza que requería la casa y que tenía dos meses para desalojarla. Habiendo cumplido siempre con mi obligación ante él y teniendo ya en mi vida la presencia de un periodista veracruzano, entendí inmediatamente que mi ciclo como arrendataria de este señor había concluido y me puse a buscar un nuevo lugar donde vivir con la enorme suerte de encontrarlo sólo una semana después.

Estando en mi nueva casa, la última en la que viví en la Ciudad de México, el día menos pensado recibí una llamada de mi madrina que me tenía una mala noticia: el Sr. Piña había fallecido de un infarto 5 días antes. No sabía detalles pero quería avisarme porque sabía que yo había llevado cierta amistad con el más joven de sus hijos. Sacada de onda y sin saber bien a bien que le diría, busqué el teléfono de Javier y lo marqué inmediatamente.

- ¿Sí? -

- ¿Javier? Soy Tere, fui tu vecina hace unos meses. -

- Pero ¡quiubooooo! ¡Qué milagro! ¿Cómo estás? ¿Dónde vives? -

Silencio de varios segundos. No me esperaba unas palabras tan quitadas de la pena.

- Ehhhh... Javier... mira.... yo... yo lamento mucho la muerte de tu papá y te ofrezco mis condolencias y mi apoyo en lo que necesites tú y tu mamá.-

Y si el primer silencio fue de varios segundos, el que siguió a mis palabras fue como del doble.

- ¿Cómo? - Su voz sonó molesta.

- Ehhh... sí - Ahí ya no me sentí tan cómoda repitiendo mi breve frase de condolencia, - sí, Javier, lamento que tu papá haya fallecido... -

- ¿Pero cómo me dices eso? ¡Mi papá no está muerto!? ¡Líbrenos Dios de algo así! ¡Mi papá no está en la casa porque se fue hace una semana a Guatemala a trabajar! -

Su tono fue tan indignado que me sentí la más estúpida de todas las estúpidas del país. Y sin más, busqué cualquier excusa para colgar. La llamada inmediata, a mi madrina, me confundió aún mas: "Pues no se por qué te lo negó pero el señor está bien muerto. No te lo digo sólo yo; muchos vecinos vieron cómo se hizo una misa en su casa y todos venían de negro. Y me parece raro que te haya dicho eso... ¿en Guatemala? ¡Qué raro!".

Cinco años después, en una noche veracruzana fría, escuchando la llovizna caer en el patio, recordé este incidente. Recordé también que, al paso del tiempo y cuando el tema salió a las conversaciones, muchos conocidos de esa área me confirmaron lo que mi madrina inicialmente me dijo. Y en lugar de darme pena, me dio coraje. ¿Por qué negar algo así? ¿Por qué alguien con el que había una amistad medianamente superficial se tomaría la pena de negarme directamente algo que yo podría confirmar por otros lados siendo un asunto tan delicado? Finalmente, los Piña eran sólo vecinos y yo sólo buscaba cumplir con un protocolo de cortesía básico y sin otros fines más que demostrar un poco de educación.

¿Y el Sr. Piña? Según me dijo mi madrina en esta última Navidad, sigue en Guatemala trabajando. :)

Buen martes.

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La rola de hoy:

Time Will Teach Us All
Julian Lennon and Stevie Wonder
Tea For Two

Gay joven + grupo de plástico = historia

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ke te has creido tu para insultar a mi pollo bello acuerdate ignorante ke el es una estrella y si es homosexual ya se hubiera sabido desde hace mucho tiempo ok?asi que comprate una brujula y te ubicas ok?y la proxima vez ke te pase por tu podrida cabeza la idea de insultar a mayte,christian o a los demas de rbd ten mucho cuidado porque los verdaderos fan los vamos a defender con uñas y dientes ahh y me parece que aqui el unico homosexual y celoso eres tu porque sabes que a christian chavez y atodo rbd hay gente que lo defienda y bien defendidos asi como yo!!asi ke ya sabes toma esto como una amenaza o como una advertencia no me interesa lo unico que te digo y que te quiero dejar claro es:NO TE METAS CON RBD Y MUCHO MENOS CON MI POLLO BELLO Y MAYTE OK?


Comentario de una seguidora de RBD en un foro

Este intenso párrafo fue la respuesta que una de las (no me queda duda) miles y miles de seguidoras del grupo RBD dio cuando alguien, con más ojo clínico y menos apasionamiento, señaló que un elemento de éste, Christian (a.k.a. mi pollo bello), es homosexual.

Y créanme que realmente lo lamento por ella porque en estos momentos no debe de estársela pasando nada bien ya que hoy, este muchacho, aceptó por medio de un comunicado público que sí, que efectivamente es homosexual. Esto, por supuesto, después de que en un portal de chismes latinos se dieron a conocer las fotos de la boda del errebedeño con un canadiense en 2005.


La foto del terror

De esta noticia de la farándula mexicana (un tema que normalmente ignoro por la plasticidad del 95% de sus elementos) hay un par de comentarios rescatables que valen la pena para un post, uno general y uno específicamente relacionado con la noticia del día de hoy.

Primero, lo que sucedió el día de hoy es totalmente lamentable: NO ES POSIBLE que la homosexualidad siga siendo, a estas alturas del siglo 21, una característica que deba esconderse o provocar vergüenza. No entiendo, de veras que no entiendo, cómo es posible que alguien oculte una parte de su naturaleza para poder llevar en paz y en igualidad una carrera profesional, sea en el ámbito artístico o en cualquier otro. El joven Christian Errebedeño, estoy segura, como miles de hombres y mujeres homosexuales más del mundo, se vio sometido a mostrar únicamente una faceta de su personalidad para poder devengar un sueldo por desempeñar un trabajo que dependía de que él ocultara una parte de su ser. Qué triste, ¿no? Y que mal sigue el mundo...

Segundo, el día de hoy se hizo historia. De quien menos se esperó. Del integrante del grupo más plástico que se ha dado en este país. Del más "desechable" de todos los artistas desechables que hay en este momento en la farándula mexicana. Hoy, un niño de 23 años, sabiendo que le esperaba un resto de vida altamente frustrante y tensionante, decidió escribir un comunicado de prensa dirigido, en realidad, a los muchos adolescentes del mundo que siguen a su grupo con el fin de mostrarse cómo es en realidad. Bien por el pollo bello y mal por su grupo que, indudablemente, verá afectadas sus ventas ya que los que tienen el poder adquisitivo para comprar sus productos no son las miles de fans que seguramente lo apoyarán sino los padres de éstas. Y se quiera o no, los padres latinos siguen teniendo influencia en las adquisiciones de sus hijos.

Como sea, Christian Chávez de RBD pasará a la historia por haber sido el primer artista en tener los pantalones de decir: "Sí, soy gay ¿y?". Y eso, Christian, léeme bien, te coloca encima de cientos de personas de tu medio que se conformaron con venderle al público mexicano una imagen equivocada y falsa de ellos. Y aunque tu talento artistico todavía está por verse, acabas de trascender mostrando muchas más agallas que los muchos fabiruchis, gerardos alfaro, origeles, danielas romo, dennises de kalafe, pedros sola, pedritos ruiz, alfredos palacio, francises, franks moros, ernestos alonso y juan gabrieles del medio.

Ahí nada más. Felicidades, mi chavo.

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La letra de hoy:

There are places I remember all my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments with lovers and friends, I stiil can recall
Some are dead and some are living
In my life, I've loved them all


In My Life
The Beatles
Rubber Soul

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