Personal: Agosto 2007 Archivos
Ayer Daniela Lennon regresó de la escuela con la noticia de que no tendría clases ni hoy ni mañana. Después de bromear un poco sobre colegiaturas pagadas y vacaciones no solicitadas me sentí sorprendida por tal medida, hasta exagerada. No era para tanto, ¿o sí? Córdoba está a una hora del Puerto de Veracruz, nada que ver y además a mí ya me había tocado uno aquí hace dos años, Stan, y sólo había llovido todo el tiempo.
Pues sí, sí era para tanto. Hoy en la mañana me despertó un sonido muy fuerte alrededor de las siete y media que provenía del techo de mi casa: era la lámina que funciona como techo de gran parte de la azotea y que sonaba como si la estuvieran azotando en contra del piso. Las cortinas volaban literalmente por el viento tan fuerte que entraba por las ventilas y el sonido del viento me sonó a susto. ¿Qué no iba a entrar a la 1 de la tarde a tierra? Aquí lo que grabé rápidamente desde la sala de mi casa:
Si no entienden lo que murmuré (recién despertada y semi asustada), mis palabras fueron: "Son las 8 de la mañana. El Huracán Dean estaba anunciado para la una de la tarde. No quiero ni pensar como va a estar a esa hora". Los vientos siguieron igual durante aproximadamente dos horas. Alrededor de las 10 empezó a llover en forma y poco a poco el viento cedió. Antes pude enterarme de los pormenores de la entrada de Dean por la televisión al momento de grabar el video porque la luz se fue casi inmediatamente después y regresó a las 6 de la tarde.
Me dice el señor periodista que, al momento (son las 7 de la noche), se reportan 35 familias damnificadas en la zona, ni un muerto ni un herido. Eso ya es suficiente para ser buena noticia.
Buen huracanado resto de miércoles. Todo bien por este frente.
En mi vida he conocido a muy pocos hombres que cuentan con un valor al que yo le doy mucha importancia: la integridad. Y lo que yo entiendo por integridad es muy sencillo: honrar la palabra y respaldarla con acciones congruentes y palpables a lo que se ha dicho/prometido/anunciado en algún momento, sea algo muy sencillo de realizar o una gran empresa. Dicho de manera fácil: la gran mayoría de los hombres que conozco se manejan con base en mentiras; unas blancas, otras grises y algunas negras pero, finalmente, todas mentiras.
A Daniela Lennon le he dicho en varias ocasiones que se fije muy bien en las acciones de los muchachitos que le llegan a despertar alguna emoción en el corazón. Básicamente, lo que le digo es esto: "Si te dice que le gustas, que le encantas, que eres lo más importante de su vida o que sin ti no vive pero te niega ante sus compañeros de escuela, amigos o familia, entonces, ni te molestes. El tipo no vale un quinto... Siempre fíjate que lo que hace sea congruente a lo que dice".
Les cuento esto porque hoy recordé a un hombre que conocí por internet y del cual me enamoré permitiendo que mis emociones crecieran basándose únicamente en palabras que aparecieron en la pantalla de mi Mac durante 6 meses, sólo en eso (sí, lo se, hay mujeres estúpidas y después vengo yo :S). Y mi estupidez llegó a tanto que, sin averiguar previamente si alguna de las mil cosas que me había dicho era verdad, permití que me pagara un viaje a la ciudad de Nueva York, en donde él residía.
Sobra decir detalles de lo que sucedió a mi llegada pero les contaré lo básico: el que se vendió como divorciado resultó ser casado, el joven que yo pensé encontrar en el aeropuerto de LaGuardia resultó ser un viejo rabo verde sesentón y el mismo que prometió una estancia de siete semanas en un departamento en Manhattan "justo enfrente a Central Park" resultó que sólo tenía para ofrecer un departamentito minúsculo en Queens, en la zona asiática, de dos recámaras, una de ellas rentada por un matrimonio de colombianos. "Entiéndeme.... ¡me apaniqué! Pensé decirte la verdad después de haberte pagado el boleto pero no tuve el valor, me acobardé. Y me puse tan mal que hasta pensé en no venir por ti al aeropuerto y dejar que te regresaras al no verme. Pero mira... no te puedo ofrecer nada, no estoy en condiciones de ofrecerte nada... Lo único que puedo hacer es permitirte que te hospedes en mi departamento de Queens estas siete semanas sin molestarte, sin que pagues renta de ningún tipo y sin que te sientas obligada a retribuirme en algo. Aquí están las llaves. ¡Tómalas! Es más... quédate esta noche allá, yo ahorita te pago el taxi. Piensa si te quedas sola o te vas y si decides irte, yo te pago la tarifa adicional por cambiar el regreso a México".
Esa noche, después de asimilar el megagolpe recibido, me di cuenta de dos cosas. La primera y más importante fue que yo no podía seguir por la vida cometiendo estupidez tras estupidez (¡podía haber sido un asesino serial!). La segunda fue un pequeño paliativo que me apliqué en un intento de lamerme una herida recién abierta: si ya estaba allá, lo menos que podría hacer ahora era disfrutar Nueva York y de la manera en que debe de hacerse: sola, sin presiones de pago de hospedaje, sin tener la compañía de alguien que me era ya totalmente ajeno y con toda la libertad del mundo.
De esas seis semanas (terminé regresando una semana antes porque la imagen de mi hija y la nostalgia por mi país me pegaron muy duro en la última etapa) hay muchos momentos que valen la pena para un post, por ser únicos, por ser irrepetibles pero, sobre todo, porque me permitieron ubicarme como persona estando lejos de mi entorno original y me hicieron confirmar lo que realmente vale la pena de la vida. Aquí les escribo algunos sin orden cronológico:
+ El permitirme entrar a Tiffany's de la Quinta Avenida con la serenidad de una millonaria y después sentirme verdaderamente en el cielo al ver joyas impresionantes en cada uno de los anaqueles de la tienda.
+ Caminar por el camellón de Madison Avenue y recordar que justo en esa avenida se hace la revista Mad de la cual mi viejo fue irredento seguidor y ávido lector.
+ La belleza sin igual de los vitrales, las tumbas egipcias, las armaduras medievales y las pinturas originales del Met.
+ La emoción tan grande de subir los escalones de la estación de metro Times Square-42nd Street, ver la pantalla gigante y los teatros y sentirme totalmente viva en un lugar que había visto miles de veces en películas, fotos o en la televisión.
+ Ver foto por foto, con toda la calma del mundo, de todos los imigrantes retratados en Ellis Island y leer la historia de cómo Estados Unidos se fue llenando de pobladores de otros países.
+ Asombrarme al comprobar, de la manera difícil, que en el metro de la ciudad un tren no siempre va por la misma vía.
+ También en el metro, sentirme perdida entre un mundo de extraños que se niegan a hacer contacto visual con otra persona y que no dan un quinto por nadie que no sea ellos.
+ Sonreir al darme cuenta que en la Catedral de San Patricio hay un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe.
+ Gastar 5 de mis 30 dólares diarios de presupuesto en una coca en un pequeño cafecito de la Séptima Avenida y recibir un sandwich gratis cuando el dueño del café, un anciano griego que tenía más de 50 años de haber llegado a la ciudad, se enteró que yo venía del mismo país que la cantante Thalía, su única referencia de México.
+ Entrar al vestíbulo del Hotel Plaza y asombrarme por el tamaño de sus candelabros.
+ Admirar la dignidad con la que se muestran los judios en las calles de la ciudad y la elegancia con la que siempre van vestidas sus esposas.
+ Caminar en Central Park durante horas completas viendo a muy poca gente (¡y la que vi me dio miedo!).
+ En el mismo Central Park, preguntarle a un negro del tamaño del mundo y con cara de pocos amigos en donde estaba "the place where John Lennon fans meet" (ofrezco mis más sentidas disculpas a la beatlemanía mundial... en ese momento no era beatlera) y recibir como respuesta algo parecido a un ladrido que, por supuesto, no entendí.
+ Ese mismo día, buscar como loca una flor para dejarla junto a la caseta que se encuentra en la entrada del edificio Dakota en honor a John Lennon, "ese Beatle que tanto le gusta a mi hermano".
+ Brincar de emoción y saludar como niña chiquita cuando me encontré cara a cara con una morsa en el Acuario de Staten Island a pesar de que entre nosotras había un vidrio muy grueso.
+ Entender plenamente y llena de terror qué es exactamente el Bronx una noche en la que me equivoqué de tren y salí a la calle pensando que me encontraba en el sur de Manhattan ("hasta aquí llegué...")
+ Sentirme tocar cielo al disfrutar un calientito y delicioso chocolate espumoso en el ferry que sale de Battery Park hacia la Estatua de la Libertad (y hacía un frioooooooo...).
+ Regresar tarde una noche al departamento, asustarme al ver un grupo de policías en la entrada del edificio donde viví y después ver cómo mi ego se disparaba cuando el más guapo de ellos me sonrió.
+ Contar anécdotas de Lucerito, Paty Manterola, Alejandro Fernández, Roberto Gómez Bolaños y Raúl Velasco después de mucha insistencia del matrimonio colombiano con quienes en ocasiones cené al regresar de mis paseos turísticos.
+ Comprar ropa en China Town para una niña hermosa que se encontraba en otro país esperándome.
+ Descubrir una ardilla en la escalera de emergencia del edificio donde vivia, abrir la ventana para verla mejor y darme cuenta de que estaban cayendo copos de nieve.
+ Recibir un rosa y una sonrisa de una mujer de edad a la salida de la estación del metro de donde vivía que llevaba un ramo y se las entregaba a quien se las quisiera aceptar.
+ Platicar en la biblioteca pública de Queens con un egipcio durante 10 minutos sin entender más que su frase inicial: Hello! Where are you from?
+ Pedir una noche comida china a domicilio y colgar con toda la frustración del mundo un par de minutos después al darme cuenta que el chino a cargo no entendía mi inglés ni yo el de él.
+ Escuchar en las noches el único disco de música mexicana que había en el departamento, Juan Gabriel en Bellas Artes, y soltar gruesas lágrimas de orgullo patrio y nostalgia.
Y hoy, varios años después, sabiendo y entendiendo que todas las relaciones son temporales, le agradezco al hombre mentiroso el que haya faltado a la verdad en todo momento. De no haber sido por eso, yo jamás hubiera tenido la oportunidad de tener una experiencia de vida tan fantástica.
Cada vez resultan un poco más honestos :D
Buen inicio de semana.
Anoche durante un chat con Danna, mi hija beatlera, le pregunté qué consideraría ella como un buen tema para mi post número 400. Después de un momento de reflexión, me dijo simplemente: "Escribe de algo que te guste, má, algo personal". ¿Y saben qué? Tiene razón, este post, el 400, es solito para mí. :)
Es que 400 suena fácil pero no lo es... son 400 escritos desde septiembre de 2004 en donde he dejado sonrisas, enojos, sarcasmos, cuestionamientos directos, opiniones acertadas, errores de concepción garrafales, vivencias intensas y mi amor por lo que me apasiona. Y aunque de ninguna manera pretendo igualar la importancia de mi trabajo al de gente muy picuda en la blogósfera mexicana que ostentan miles de posts en más o menos el mismo tiempo que tengo yo de bloguear, se que me he ganado un pequeño lugar en ella y eso me hace muy feliz (:D <- beatlebloguera contenta y sonriendo).
Y pues a lo que vine: hoy nos fuimos la hermosa Daniela Lennon y yo caminando a su escuela a la 1 de la tarde con la intención de pasar por sus papeles. El trayecto fue un poco pesado porque el sol nos dio directamente casi todo el tiempo pero no dejamos de disfrutar el airecito contínuo de esta región que te hace muy llevadero el camino.
De regreso pasamos por una de las calles más lindas de Córdoba, muy cerca de la mía, en donde la majestuosidad de las casas y la hermosísima flora se unen para brindar un espectáculo de esos que te quitan la respiracion. Andaba yo buscando en ella unas plantitas pequeñas con el fin de tomarles un video y enseñárselo a ustedes porque nunca había yo visto en el D.F. la característica tan única que presentan: cierran las hojas de ambos lados de su tallo cuando las tocas (en lo personal y sin ser experta, creo que este efecto es para atrapar mosquitos u hormigas que, me imagino, se comen -¡carnivoras!-). Lamentablemente no encontré ni una a pesar de que Daniela y yo buscamos palmo a palmo en las dos banquetas a lo largo de esta calle así que les debo el video para el próximo año.
Lo anterior no me impidió admirar una mansión excelentemente bien mantenida, pintada de color naranja obscuro y de estilo colonial con un domo de mosaico tipo poblano que tiene justo en la esquina una bomba de agua muy antigua.

No tengo idea de cuánto costaría una antigüedad así pero me parece muy valiosa y estética. Aquí, un acercamiento a la bomba en donde pude ver el nombre de su fabricante: The Deming Co.:
Finalmente aquí les muestro un costado de este belleza de casa (Paul... ¡cómpramela!) tomada precisamente desde donde se ubica la bomba de agua y en donde se muestra que bien cuidada la tienen:
Lindísimo, ¿no? En alguna de mis vidas previas debí haber sido arquitecto porque disfruto mucho viendo los estilos de las casas, los balcones, ornamentaciones y detalles.
Ya de regreso me detuve brevemente en la casa de la esquina (que se encuentra justo enfrente de la caseta de vigilancia que se ve al fondo de la foto anterior) y le saque una foto a esas flores fantásticas que parecen racimos escondiéndome para que la dueña de la casa no se asomara y me reclamara algo. Es una pena que hasta ahorita se me haya ocurrido ir a fotografiarlas ya que hace tres o cuatro semanas que pasé enfrente vi que tenían un colorido muy encendido y ya ahorita no están así.

Mientras escribi estos dos párrafos finales estuve escuchando Lovely Rita, semi bailando sentada, malcantándola a cuasigritopelado, usando mis plumas de baquetas y, al mismo tiempo, agregando acentos y checando ortografía. Pero ya me debo ir, llegó una traducción hace rato y daré mi clase en dos horas (son casi las 5 p.m.) ¡y no he terminado de prepararla!.
Buen jueves. Sean felices. All we need is love, real love :)
Este es mi post número...







