
Mi viejo fue un hombre carismático. Hombres, mujeres, niños... todos los querían y lo buscaban.

Mi viejo salió de la nada y llegó a labrarse un prestigio profesional sólido con base en trabajo duro y honesto.

Mi viejo honró la amistad y se la ofreció a todo tipo de personas, de todas las edades y de todos los estratos sociales. A su velorio llegaron decenas de desconocidos.

Mi viejo supo el valor de la ternura dosificada y de calcular los momentos precisos para darla.
Mi viejo gozó de un prestigio intachable y de una credibilidad absoluta en todos los ámbitos. Pocos cómo él.
Mi viejo supo en qué momento darme la espalda. De la misma manera, supo en qué momento apoyarme.

Mi viejo valoró los lazos de sangre y los honró. De la misma manera, tuvo el valor de hacer propios los que no lo eran.

Mi viejo supo morirse a tiempo.
Mi viejo, a más de 20 años de su muerte, sigue estando presente en cada uno de mis días.






