Día del Padre


Parte I - Dime si me quieres



Francisco José Chacón Guerrero fue un hombre tradicionalista, conservador, trabajador, disciplinado, apegado a rutinas, extremadamente religioso con debilidad por la Virgen de Guadalupe, carismático, amante de la buena música, dueño de una voz extraordinariamente afinada, de una personalidad que no pasaba desapercibida en ningún lugar y con un gran sentido del humor.

Fue el padre semi-ausente que cumplió con llevarme a la escuela durante 9 años, todas las mañanas de mi primaria y secundaria, para después partir hacia su trabajo, en el Estado de México de donde regresaba cuando el día terminaba. En esos momentos, los primeros de cada día y a lo largo de esos años, se dio tiempo para enseñarme a rezar, a valorar su gran esfuerzo diario, a identificar a sus mejores amigos (Nava, Peniche, Flores, Medina, Velázquez, todos ellos químicos farmacobiólogos de profesión), a entender que la vida no era fácil si no se llevaban a cabo esfuerzos para lograr las metas y a adquirir un sentido del humor muy similar al de él.

Salió, como ya lo dije alguna vez en este blog, de la nada. Hijo de Felipe Chacón y Carmen Guerrero, nació en Querétaro el 9 de enero de 1927. Antes que él habían nacido Felipe y Manuel, que falleció pocos días después de su nacimiento. A los 9 años vio morir a su madre y, muy poco tiempo después, recibió en su casa a la nueva compañera de su padre: Carmina. La nueva familia empezó a crecer un año después con la llegada de Agustín, el primero de 6 medios hermanos.

No quiso dejar de trascender. A los 16 años viajó a la Ciudad de México en donde presentó el examen para obtener la licencia de locutor ante la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. La obtuvo inmediatamente con el número 1041 emitido el 21 de diciembre de 1943. Regresó a Querétaro para iniciar su nuevo oficio en la XEJX de la Radio-Emisora Queretarana convirtiéndose en el locutor más joven de la estación y del Estado.

Dos años después y entendiendo que su padre no se daba abasto con la nueva familia, viajó a la Ciudad de México de donde ya no regresó a Querétaro más que de visita. Aquí inició su labor como locutor en la estación de música clásica XEN transmitiendo la ópera dominical desde el Palacio de las Bellas Artes y cubriendo turnos a veces exhaustivos en cabina. También, se dio tiempo para dar la hora exacta en la XEQK en la época en la que el locutor debía transmitir los comerciales con precisión milimétrica para no fallar en dar la hora exacta, minuto tras minuto. Estos trabajos le permitieron financiar sus estudios en la Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Se tituló como Químico Farmacobiólogo en 1952 con la tesis titulada "La Síntesis de Gringnard aplicada a la Obtención de Sulfonas".

Para celebrar su graduación universitaria realizó un viaje a los Estados Unidos en 1952 con varios compañeros de carrera para visitar laboratorios de Nueva York, Fildelfia, St. Louis, Nueva Orleans, Indianápolis, Detroit y Chicago. De este viaje queda la siguiente grabación con su voz, realizada en Atlanta, Georgia, el 12 de febrero de 1951.


Prohibida su reproducción en otros medios.

Su vida profesional inició en los laboratorios Sandoz de México de donde salió en 1959 para iniciar su labor en Egon Meyer, S.A. de C.V., en donde permaneció el resto de su vida y en cuyas instalaciones murió 20 años después. También, tuvo tiempo de enamorarse de Guillermina Anaya con la cual se casó en 1956. Aquí, un bolero que le compuso:


Dime Si Me Quieres - Obra con derechos de autor registrados. Prohibida su reproducción en otros medios.

Durante la década de los 60 y los 70 trabajó y muy duro. Se aventuró y fundó junto con Peniche, Nava y un amigo de este último, un laboratorio de productos químicos, Chemprod. La empresa fracaso cuando el amigo de Nava desapareció con el dinero y gran parte la inversión que entre todos habían juntado con gran esfuerzo. Le tocaron e, indudablemente, le sorprendieron, las protestas estudiantiles del 68, la psicodelia, la invasión británica, la lucha por la igualdad de sexos, el amor libre y la música disco. También, vio el éxito profesional al ser reconocido por su empresa como el vendedor más exitoso en su ramo en una ceremonia a donde nos llevó a mi hermano y a mí y en la cual nos presumió ante todos sus compañeros de trabajo, desde el dueño de la empresa hasta el velador de la misma.

Cultivó la amistad de muchísimas personas, de todos los extractos sociales y edades. Nunca le conocí ni le oí hablar de un enemigo o de alguien que lo tratara mal. Tenía siempre la palabra adecuada para cada persona y jamás se aprovechó de los múltiples contactos que hizo durante su vida profesional. Tuvo un prestigio intachable y fue sumamente querido por quienes lo conocieron.
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Parte 2 - Si me dejas, nunca podré sola



Falleció cuando nadie lo esperaba. Nunca lo vi enfermo ni deprimido. Vaya, ¡ni gripe le daba!

De hecho, se me hizo raro que aceptara ir a esa fiesta de la familia de mi madre el miércoles 12 de agosto de 1980. ¿En miércoles ir él a una fiesta? ¡Nunca!... Y sin embargo, y a pesar de que el día siguiente era un día hábil, aceptó ir.

Se salió temprano de su trabajo y llegó a la casa justo a las 7 de la noche cuando mi madre, hermano y yo estábamos listos y arreglados para salir hacia el Club de Golf México, en la casa de la hermana de mi madre y en donde sería la reunión. ¿Qué se festejó? No lo recuerdo, honestamente se los digo. Tal vez fue algún cumpleaños...

Dicen que los que van a morir lo saben y se despiden de todos los que los han rodeado. En esa reunión brilló como nunca. Platicó con sus cuñadas, concuños, sobrinos y con todos tuvo algún gesto de cariño o un chiste o una plática en privado. De regreso me pidió que yo manejara. "Me siento cansado", me dijo. "Además, se que manejas bien y que puedo confiar en ti para que manejes tu vida tan bien como manejas mi coche". Esas fueron sus últimas palabras para mí ya que al día siguiente salió de la casa a las 7 de la mañana cuando todos dormíamos.

El teléfono sonó exactamente a las 8:20 de la mañana. Yo me encontraba de vacaciones escolares y sólo 4 días después presentaría el examen de admisión a la UNAM para poder estudiar Actuaría en la Facultad de Ciencias. Me habían asignado el número 7,777 para la realización del examen en el estadio de C.U. y eso lo había alegrado unos días antes. "Con ese número no puedes fallar", me había dicho. "Te aceptarán en la UNAM, no lo dudes y egresarás de ahí siendo una gran matemática; el 7 nunca falla".

El timbre del teléfono me despertó. Como si supiera que era algo importante, brinqué de la cama justo para encontrarme en el pasillo, donde se encontraba éste, a mi mamá y a mi hermano quienes, a su vez, habían salido corriendo de sus respectivas recámaras. Mina lo contestó y ni mi hermano ni yo nos movimos de donde estábamos.

Semi-dormida, vi como el rostro de mi madre se transformó de uno de adormilada a uno de sorpresa. "¿Perdón, Margarita?, ¿cómo?", preguntó mientras me hacía señas para que me callara ya que yo me encontraba preguntando insistentemente quién era. "Es la secretaria del Sr. Meyer.", me susurró, "No se qué quiere".

No volvió a decir nada. Se dedicó a escuchar lo que tenían que decirle. En el inter, mi hermano y yo permanecimos a su lado. ¿Por qué? No lo se. Lo lógico era que nos regresáramos a dormir ya que estábamos de vacaciones. Sin embargo, no nos movimos de su lado.

Mina no volvió a articular palabra. Sólo gritó como gritan las mujeres en las películas de terror, haciéndonos saltar a mi hermano y a mí, y aventó el auricular del teléfono hacia el piso. Salió corriendo hacia su recámara y se aventó a la cama donde rompió a llorar con unos sollozos que jamás le había escuchado. Mi hermano la siguió.

Yo no necesité explicaciones porque sabía exactamente qué había sucedido. Recogí el auricular del piso y lo colgué. Bajé hacia la sala y me dirigí al cuarto de servicio en donde dormían las dos personas que nos ayudaban con el aseo de la casa. Con una calma que ahora me aterroriza, di instrucciones: un té para mi mamá, el desayuno para mi hermano. De ahí me dirigí al teléfono que se encontraba en la planta baja de nuestra casa y le marqué a mi padrino, al Ingeniero Ibarra, mi novio en ese entonces y al hermano de mi padre, mi Tío Felipe. A todos les dije lo mismo: "Mi papá se murió y su cuerpo está en su oficina. Quiero ir por él. Pasa por mí porque no quiero estar aquí". Lamentablemente, ninguno de ellos me tomó en serio y los tres, junto con el Dr. Ibarra, médico general de Petróleos Mexicanos y padre de mi novio, se encontraron en la oficina de mi padre. Desde ahí me hablaron para que yo dispusiera qué se haría una vez que el cuerpo fuera trasladado a Gayosso Félix Cuevas, lugar elegido por mi padrino. Yo, furiosa porque nadie me había llevado, estaba más que dispuesta para tomar un taxi que me llevara del otro lado de la ciudad para abrazar a mi padre por última vez. Mis reclamos, llenos de furia y sin ninguna lágrima no impresionaron a esos cuatro hombres que decidieron, de la manera más estúpida, que yo no tenía edad para ver un cadaver y que, como a cualquier mujer común y corriente, me iba a afectar el verlo muerto. Los odié, se los confieso, durante mucho tiempo por menospreciarme como persona. Sin embargo, no pude hacer nada más que reclamar ya que me fue anunciado que el traslado del cuerpo al Distrito Federal ya había sido tramitado y que no tenía sentido que yo me moviera de la casa.

Poco a poco la casa se fue llenando de gente que tuve que recibir ya que mi madre no se movió de su cama sino hasta las 6 de la tarde, cuando se presentó brevemente en el velorio para volver a aparecer al día siguiente acompañada por una de sus hermanas. Al mediodía llegó mi novio, cargando el portafolio de mi padre y manejando su coche. Me lo entregó a mí junto con la cajetilla de Marlboro que había comprado esa mañana, su cartera, llaves y su anillo de casado. Mi madre seguía encerrada en su cuarto pero ahora acompañada de sus hermanas y de mi hermano. Minutos después salimos hacia Gayosso.

La sala 5 del velatorio estaba hasta el keke de gente, el 90% desconocidos para mí, que se habían congregado para esperar el féretro que había sido seleccionado por mi padrino con el cuerpo de mi padre y que no habían subido en ese momento. Entré al recinto, aproximadamente, a las 2 de la tarde acompañada por el Ing. Ibarra y su hermana dado que mi madre y mi hermano se habían quedado en la casa. Recibí decenas de pésames sin derramar una sola lágrima. Tres horas después mi madre ingresó a la sala sólo para encerrarse en el privado al cual sólo tuvieron acceso sus hermanas y familiares cercanos. Mi hermano y yo permanecimos en la sala principal echando miradas de reojo al ataúd gris que se encontraba al fondo y saludando gente que no conocíamos y que se veía muy afectada por la muerte de mi padre.

Mina salió de Gayosso a las 8 de la noche escoltada por tres de sus hermanas. "Me la llevo, Tere", me dijo una de mis tías. "Tu mamá está muy mal. Que duerma al menos unas pocas horas en mi casa. Tu hermano va con nosotros". A mi lado permaneció, estóico y solidario, el Ing. Ibarra, su hermana, mi tío Alberto Chacón que había llegado de Querétaro hacia las 9 de la noche y su esposa, Anita. Los 5 permanecimos en la sala durante toda la noche, maldurmiendo, platicando en voz baja en ciertos momentos y tratando de no aceptar una realidad que nos estaba golpeando en la cara.

Aproximadamente a las 3 de la mañana abrí los ojos sólo para ver a mi Tío Alberto parado junto a el ataúd y abriendo la tapa para ver a su medio hermano mayor. Me llamó para que yo fuera a su lado. Al ver que me negaba, se me acercó. "Ven", me dijo. "Despídete de tu papá. Ve a verlo, parece cómo si estuviera dormido".

Me negué. Ese deseo intenso de varias horas antes de verlo, tocarlo y llorar abrazando su cuerpo había desaparecido y, en su lugar, sentía un rechazo total hacia la idea. "No, gracias", le dije, "decidí recordarlo como era mientras estaba vivo. Ahora no me interesa verlo". Sin insistir, mi Tío Beto me recomendó que intentara dormir un poco más ya que al día siguiente debíamos enterrarlo en el Panteón de Dolores, en un lote que pertenece a la familia de mi madre que decidió pasar por alto el deseo de mi padre de ser enterrado en su ciudad natal, Santiago de Querétaro.

Dormí poco y dormí mal. Sin embargo, la mañana pasó rápido y la salida al panteón, programada para el mediodía, se realizó cuando mi madre y mi hermano entraron nuevamente al velatorio. Salimos todos, en una caravana de coches que parecía eterna y siguiendo a una camioneta de Gayosso que iba a una velocidad desesperantemente lenta.

El entierro fue caótico. El terreno en donde se encontraba el lote familiar, dispuesto ya para recibir el ataúd, se encontraba rodeado de cientos de personas que estaban ahí aún antes de que nosotros llegáramos. Entre ellos pude distinguir a los obreros del lugar en donde laboraba mi padre, el velador que meses antes me había felicitado por tener como papá a un ser humano excepcional, a sus compañeros de universidad y a cualquier cantidad de desconocidos. Mi madre no pudo llegar al lugar dispuesto para los familiares inmediatos ya que permaneció en uno de los coches mientras sufría una crisis nerviosa. Mientras tanto, mi hermano, el Ing. Ibarra y yo, nos acercamos a ver cómo bajaban el féretro al lugar donde aún ahora se encuentra. De ese momento, uno de los más dolorosos de mi vida, recuerdo que los tres nos abrazamos mientras se escuchaban sollozos a nuestros alrededor. En cuanto a mí, sólo pude llorar tres meses después, cuando finalmente acepté que nunca volvería a ver a mi padre ya que lo seguí esperando en la sala de la casa durante muchas noches después de ese día para que ambos nos tomáramos un vodka, su bebida favorita, mientras platicábamos cómo le había ido en la oficina ese día como lo hicimos innumerables ocasiones antes de su muerte.


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Parte 3 - De lo que te perdiste



Paco, te perdiste de muchas cosas, entre ellas:

  • La crisis de los ochenta en la cual se perdió aquella casa por la que trabajaste muy duro y durante muchísimos años.
  • El día en el que salí de la universidad y el cual te dediqué en silencio, sabiendo que sí me escuchabas.
  • El momento en el cual descubrí que no era tu hija y que nos reconfirmó a ambos que las relaciones familiares son mucho más sólidas cuando se escogen voluntariamente sin necesidad de lazos de sangre.
  • El fax, los cd's, los dvd's, los celulares, las computadoras personales, ¡internet! Yo se que te hubiera encantado vivir estos adelantos tecnológicos.
  • Tu única nieta hasta el momento, la Srita. Lennon, que hubiera llenado de alegría tus ojos y la cual pudo haber recibido directamente de ti toda tu sapiencia, tus valores y tu gran compañía.
  • La unificación de las Alemanias, la disolución de la Unión Soviética, la guerra del Golfo, la invasión a Iraq, el nuevo milenio, la derrota del PRI, el ataque a las Torres Gemelas, la globalización.
Y, sin embargo, te lo digo de la manera más cruda, de cierta manera me alegro de que no hayas vivido hasta este momento. Se exactamente que era lo que te esperaba a nivel personal si hubieras seguido en este mundo durante estos años y también se que un hombre de tu calidad humana no lo merecía.

Descansa en paz, Paco, sabiendo que no ha habido un sólo día, después de tu partida, en el cual no has sido recordado.

Trascendiste tal como lo deseaste. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

¿Qué es lo que se le puede pedir a la muerte?

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1 Comentarios

Tere: De los posts más hermosos y emotivos que he leído en mi vida... de verdad no tienes idea de como me tocaron tus líneas, te felicito, eres una gran mujer, madre y padre, así que felicidades a tí también... tu padre, sé que que estaría/está muy orgulloso de tí y de la srita. Lennon...

Un abrazo desde Guadalajara

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