Todos nos dejamos llevar por creencias, heredadas o creadas por nosotros, que si bien no tenemos comprobadas, al menos nos dan pequeños momentos gratos de seguridad personal en nuestra vida diaria. Tal es el caso de aquellos que evitan caminar por debajo de una escalera; creen que si lo hacen les llegará una racha de mala suerte que podría afectarlos. Otras creencias incluyen el no dejar de brindar cuando todos los hacen (so pena de pasar los siguientes siete años de tu vida sin buen sexo -¡saluuuu! :D), la muy trillada relacionada con el castigo divino asociado con que un espejo se rompa y aquella que casi garantiza que te casarás con un(a) viudo(a) si permites que quien está barriendo, te barra los pies (¡Pauuul! ¡Salgo corriendo por la escoba!). Por mi parte, cuando encuentro en la calle una moneda de 10 centavos tirada en el piso, me pongo muy contenta. Normalmente, la recojo del piso y la guardo en algún lugar muy especial de mi bolsa en donde no se encuentra el resto de mi morralla (para no perderla) y este pequeño hecho me hace sentir protegida de alguna manera durante el resto del día. ¿Qué es un absurdo? Lo se, no hay garantías de nada con ningún amuleto oficial o no oficial pero a mí me satisface este auto permiso que me doy de apoyarme en una falacia total.
Este mismo fenómeno se aplica a las personas. Recuerdo que, durante mi preparatoria, alguna vez en una comida familiar, mi padre casi me patea cuando le comenté que mi profesora de historia nos había despejado el mito relacionado con El Pípila, ese personaje que, durante la Guerra de Independencia, ayudó al ejército de Miguel Hidalgo a tomar la Alhóndiga de Granaditas poniéndose una loza en la espalda y quemando la puerta principal del lugar con el fin de derrotar al español Riaño que se había acuartelado para no entregar la ciudad al Ejército Insurgente. Lo que la profesora Haydée nos había dicho era que se había demostrado que tal proeza nunca pudo haberse realizado dado que los mapas que existían en el Archivo General de la Nación de la ciudad de Guanajuato en 1810 demostraban que el recuento del recorrido hecho por El Pípila no coincidía con los documentos oficiales. ¡Y no saben cómo se enojo mi papá al escucharlo! Y a pesar de que en algún momento pudo haberme dado el beneficio de la duda dada su gran inteligencia, estoy segura de se apoyó en su certeza interna de que sí existían héroes nacionales para sentirse seguro y, tal vez, protegido. Es como resistirse a dejar de creer en Santa Claus a pesar de ser adulto, ¿no es así? No falta quien, consciente de la realidad, muy en el fondo desea que la falacia a la cual se aferra sea una realidad que, con el tiempo, le demuestre a los demás lo equivocados que estaban.
John Lennon es el perfecto ejemplo de lo anterior. Dados los años que tengo en el medio beatlero mexicano, me ha tocado ver cómo el 98% de sus seguidores lo asocian con la paz, la igualdad social, la justicia humana, el no contar con posesiones materiales para dedicarse a dar amor de tiempo completo y la lucha para otorgarle el poder a las clases trabajadoras. Y no, no me voy a meter ahorita en empezar a despejar esos mitos, primero porque no quiero que un Lennonfan de hueso colorado me descuartice viva en el próximo evento beatlero y, segundo, porque este post sería tan largo como un libro completo. Sin embargo, sí les comentaré del dilema que traigo ahorita encima relacionado con la conferencia que impartiré el próximo sábado 24 de mayo a las 5:00 p.m. en la Casa de la Cultura de Azcapotzalco: Los Estados Unidos vs. John Lennon.

Inicié la redacción de esta ponencia en abril de 2006, ocho meses antes de que se estrenara la película homónima en los Estados Unidos. El tema se me había ocurrido un par de meses antes, justo cuando navegaba en internet buscando información sobre la llegada de John y Yoko a los Estados Unidos para un post en el extinto Foro de Los4.com y me encontré con que en la página del FBI estaban liberados los archivos originales de los documentos que el gobierno de Nixon había recopilado para contar con suficientes pruebas para expulsar a John de ese país. Hasta ese momento, yo había compartido la creencia de las masas: al pobrecito John lo querían sacar por sus ideas relacionadas con la paz que no le hacían daño a nadie, malditos gringos, ¿no?
Pues no. En realidad no fue así y sólo pude darme cuenta de mi error en no verificar los argumentos de cada parte cuando me tomé la molestia de imprimir los más de 300 memos, cartas, reportes de agentes encubiertos y comunicaciones entre dependencias gubernamentales gringas encargadas de monitorear todos los movimientos de John desde noviembre de 1971 hasta mediados de 1974. Lo que siguió fueron semanas completas de clasificar cada uno de estos documentos, ponerlos en orden cronológico, hilar las comunicaciones entre Edgar J. Hoover, director entonces del F.B.I. con Richard Nixon y captar su indignación por lo que lograba en la juventud estadounidense un artista extranjero que pregonaba y apoyaba abiertamente el derrocamiento del presidente estadounidense. No contenta con cada una de las versiones de las partes y ya entrada en materia, decidí confirmar en otras fuentes que John se había conducido de manera poco inteligente (dado que su objetivo era obtener la residencia definitiva que tendría que ser otorgada, obviamente, por los funcionarios del gobierno de Nixon) en sus primeros meses en ese país en donde quiso mostrar la irreverencia que siempre lo había caracterizado ante cualquier figura de autoridad y, además, tener el permiso legal para hacerlo. El resultado fue el mismo: John la había regado y muy feo.
Y yo nada más les pregunto a todos ustedes y en especial a mis lectores mexicanos: ¿qué sentirían si, de repente, un artista español (David Bisbal, Miguel Bosé o el que tengan a bien elegir), llegará a nuestro país, aprovechara su gran popularidad y, durante sus conciertos, condenara la política interna y externa de Felipe Calderón y pregonara la lucha de sus seguidores por la destitución de nuestro presidente? ¿Les haría gracia que alguien de afuera se metiera en asuntos nacionales y, peor aún, manipulara a aquellos que inician el camino sin parámetros reales sobre qué es lo más conveniente para México a nivel política para que luchara en contra de nuestras autoridades nacionales? Digo, por más que estuviéramos de acuerdo en que la forma de actuar del Presidente Calderón no es la óptima (y aquí creo que muchos coincidimos), el hecho de que un extranjero lo pregonara abiertamente en tierras mexicanas y manipulando a nuestra juventud nos caería como una patada en el hígado, ¿no es así? Consideren esta idea durante sólo unos segundos...
Pregunta 1. ¿Debo decirle al público que estará presente en mi conferencia que John actuó estúpidamente en un país ajeno (portándose como si estuviera en el suyo en donde casi todo lo era permitido) sin prever las consecuencias? (John Lennon = estúpido = conferencista acribillada :S)
Peor se las cuento. Cuando a John le dijo su abogado que, o dejaba de juntarse con los activistas sociales estadounidenses que lo habían manipulado para que luchara por su causa o empezaba a empacar porque nunca le iban a dar su green card si seguía apoyándolos, ¿qué creen que hizo? Valiéndole queso el dinero invertido en las actividades subversivas, valiéndole gorro las promesas de fidelidad a la causa de Jerry Rubin y Abbie Hoffman y valiéndole tres margaritas los eventos para los cuales estaba programado organizados por los mencionados ex miembros del Partido de la Pantera Negra, simplemente dejó de tomarles las llamadas telefónicas, se negó a abrirles la puerta de su casa de Bank Street de Nueva York y cortó cualquier intento de comunicación por parte de ellos. Les dio la espalda y, de un hachazo, los abandonó a su suerte. ¿Por qué? Porque él era John Lennon y no iba a arriesgar su cómodo futuro por una bola de desadaptados sociales con quienes se había comprometido y a los cuales les había dado su apoyo total. Y, tal vez, la desilusión no viene del hecho de que los haya expulsado de su vida de un momento a otro sino de la forma en que lo hizo. Difícil enterarse de la condición de ser humano de John Lennon, ¿no?
Pregunta 2. Aún si nadie repelara ante la revelación de la pregunta anterior, ¿habrá reacciones cuando confirme que la única lealtad real que sentía John era hacia sí mismo y hacia sus intereses personales tal como lo hizo durante toda su vida?
Y sí, yo lo se. Hablar de John y mostrar que era tan humano como cualquiera de nosotros es desilusionante y mucho. A nadie le gusta saber que aquél que se tiene en el nicho más alto falló a lo grande pero para eso son las conferencias, ¿no? Las conferencias, cuando están bien documentadas y muestran los argumentos de cada parte, sirven para mostrar la realidad y para ofrecérsela a quien la quiera tomar.

Finalmente, siempre habrá personas que decidan seguir creyendo en Santa Claus. Y es válido, no lo duden; es nuestro derecho decidir de qué falacias vamos a depender para sentirnos más seguros.
Buen inicio de semana. Give Peace A Chance.








Maravillosa como siempre mi Tere, sólo opino que Lennon no requiere carnet de identidad. Me parece que su opinión es válida en el mundo entero. Tal vez estoy mal, pero es que con Lennon, a pesar de los estudios que tengo, jamás podré ser objetivo. Soy el fan número uno de él y ese es gran el dilema. Saludos
Ja pues John Lennon no se caracteriso por ser muy prudente, como dice el dicho zapatero a tus zapatos y John mejor se hubiera dedicado a la musica que es lo que mejor le salia.