Ella no sabía como llamar su atención. Unos días antes él había avisado de su renuncia irrevocable.
Como loca se puso a buscar algo que llamara su atención. Algo que lo moviera un poco. Algo que lo hiciera captar que renunciar no era una opción, como él mismo lo había enfatizado hacía pocas semanas.
Al inicio de la última semana en la que él estaría, encontró dos hojas tamaño carta con un dibujo en cada una. La primera de ellas decía una frase conocida: Te Amo. Las letras estaban dibujadas en tercera dimensión y llevaba una fecha reciente.
Debido a que sus horarios laborales no coincidían, ideó la manera de que él no dejara de ver la primera hoja. Inicialmente pensó en ponerla directamente en su escritorio. Desechó la idea inmediatamente porque no tenía la seguridad de que él llegara directamente a trabajar en él. Ella, en un intento temerario, le apostó al azar y a aquella fuerza superior que mueve a ciertos seres humanos, y decidió dejar la hoja hasta arriba de la charola de papeles en su propio escritorio, esa que se encontraba justo en contraesquina del escritorio de él. ¡Ah! pero no la dejó en cualquier posición... ¡no, señor! La ladeó de tal forma que las palabras se pudieran leer desde el escritorio de él que, estaba segura, él ocuparía en algún momento.
El martes temprano, ella llegó a la expectativa. Pensando que él haría honor a su reciente indiferencia ante cualquier cosa que ella hiciera, se sorprendió al darse cuenta que la hoja con las palabras "Te Amo" no estaba hasta arriba de la charola de papeles. La buscó en la basura... ¿de plano, habría sido él capaz de desechar la hoja? No la encontró ni ahí ni en el contenedor principal de basura. Casi asustada tomó todos y cada uno de los documentos que estaban en la charola, en ambos niveles, buscándola sin resultado. ¿Se la habría llevado con él? La respuesta llegó a mediodía cuando la señora de la limpieza se acercó a asear su área de trabajo. "Mire, Licenciada, este papel estaba sobre el archivero que está bajo su escritorio, ¿le sirve?".
Ella casi pateó a la mujer. ¡Por supuesto que le servía! ¿No se daba cuenta esta señora de que ese simple pedazo de papel había logrado llamar la atención de él? Cuidadosamente la guardó y sacó la segunda hoja para usarla esa noche antes de salir.
La segunda hoja mostraba un dibujo hecho a lápiz de 10 rosas en un ramo. En la parte inferior se leía "Diez flores que no se secan". Ella sonrió tristemente al leer la leyenda. Parecía que lo escrito no se había cumplido, el ambiente se sentía tan seco como esas rosas. En esta ocasión decidió hacer exactamente lo mismo: ponerla hasta arriba de su charola de papeles y ladeada hacia el lugar de él. Se fue a descansar jurando que, en esta ocasión no tendría tanta suerte como el día anterior y que él, simplemente ignoraría la segunda hoja.
El miércoles llegó directo a ver la charola de papeles. ¡No estaba! ¿Se la habría llevado con él ahora sí? No duró mucho el encanto. La hoja, tristemente, yacía sepultada entre el resto de los papeles del primer nivel de la charola. Doblada. Enterrada como se entierra a los muertos.
Esa noche volvió a sacar la primera hoja y la colocó en la misma posición. Sólo unas horas después sintió que la tristeza la inundaba. El ya ni siquiera se había esforzado en esconderla para que ella la buscara. Simplemente, decidió voltearla boca abajo.
Dado que el viernes sería el último día de trabajo para él y sabiendo ella que él no cumpliría el horario normal sino que sólo sacaría sus pertenencias personales, le apostó al turno nocturno del jueves su resto. Volvió a sacar la segunda hoja, la puso junto a la primera y las ladeó apuntándo hacia el escritorio de él. Antes de salir, volteó a verlas enviándole el resto de sus esperanzas, una sonrisa y lo mejor de sus sentimientos.
Cuatro días después, cuando finalmente tuvo el valor de presentarse lo hizo sólo para guardar para siempre ambas hojas que seguían en la misma posición en la que las había dejado. Ya no había nada que hacer.
Carmen Guerrero




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