Yo no pretendo, de ninguna manera, mostrarme como una experta en música, no lo soy. Carezco de talento para tocar instrumentos musicales (miles de pesos en clases de piano, flauta, organo y guitarra se tiraron a la basura conmigo), mi voz cantando aterroriza a varios y jamás he pertenecido a una banda musical (no es cierto, estoy mintiendo feamente, sí fui parte del coro de la iglesia de la glorieta de Guadalupe Inn hace un buen número de años y mi muy corta presencia en esa agrupación, como se podría esperar, pasó sin pena ni gloria).
Sin embargo, cuento con algo relacionado a la música de lo que muchos carecen: tuve el privilegio de llegar al mundo dentro de una familia de personas que sí tuvieron talento musical. Mi padre, lo he dicho algunas veces, fue locutor de la estación de música clásica del D.F. a finales de los 50 y siempre se preocupó porque en casa sólo se escuchara ese género musical. Mi madre fue la programadora de esa estación en la que ambos trabajaban (nada más y nada menos, ella decidía qué obras se transmitían al aire). Además, mi hermano es un músico de carrera cuya facilidad para tocar la guitarra ha hecho vibrar a un número incontable de personas.
Todo este bagaje me ha servido mucho a través del tiempo. Tengo cierta facilidad para distinguir cuándo una banda, por más esfuerzos que haga, no cuenta con los elementos necesarios para triunfar en pleno. De la misma manera, se distinguir ese regalo del cielo con el que muy pocos nacen y que permite transformar en arte lo que cualquier otro podría sólo presentar como una cancioncita simple. Y esto me ha ayudado mucho desde que he tenido la oportunidad de conducir eventos beatleros ya que frente a mis ojos han pasado varias decenas de bandas beatleras de la Ciudad de México y del interior del país por lo que he podido analizar de cerca los aciertos, limitaciones y capacidades reales de muchas de ellas.
Cuando presento una banda me fijo inicialmente en sus instrumentos. Como normalmente Mauricio Mejía y yo, al subir al escenario, ya sabemos con qué canción abrirá su presentación, me aprovecho de esa pequeña ventaja y busco con la mirada los acordes de las guitarras y el bajo para ver si son los correctos. Escucho también con cuidado el ritmo y las voces y, en particular, los coros. Me fijo, cuando tengo oportunidad, en el desempeño del baterista. Y finalmente, antes de que una canción termine, busco el cuarto y más imprescindible de los elementos que conforman a una gran banda: la reacción que provoca en el público. Si los veo sentados, medio cantando, platicando entre ellos, medio aplaudiendo y medio tirándole la onda al bajista guapo, entonces ya se que el grupo es uno más del montón.
ALEPH
Todo esto viene porque el pasado sábado hubo un momento en el cual, de plano, perdí el control que suelo tener en estos eventos. Y no, no hice desfiguro alguno, simplemente no pude evitar empezar a brincar como niña y a aplaudir de la emoción cuando Aleph inició su presentación. Y fue tan extraordinaria que perdí prácticamente la medida del tiempo porque cuando me di cuenta ya era momento de subir a presentar al siguiente grupo y no tienen idea de cómo lo lamenté. ¡Aleph simplemente es una banda única en el medio beatlero!
Conformada por Leonardo, Ricardo, Guillermo y Gabriel, Aleph ha evolucionado con su nueva formación de una manera sorprendente aunque esto suena muy lógico cuando se entera una del esfuerzo, trayectoria y los estudios que dan soporte a cada uno de los elementos de la banda. Son tan buenos y mueven tanto a la gente que, de plano, no tengo problema en recomendárselos a ustedes ampliamente (tocarán el domingo 2 de noviembre) como un grupo tributo que le entrega a su público en cada presentación canciones con una muy alta calidad. ¡No se los pueden perder!
Buen jueves.... ¡ya casi es fin de semana!




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