Morir en Guatemala

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No se por qué, anoche, antes de dormirme, recordé a los Piña, una familia que fue mi vecina inmediata hace algunos años y que me mostró una faceta de las personas que yo no conocía.

Los conocí cuando Daniela Lennon y yo llegamos solas a iniciar una nueva vida en un nuevo hogar. El Sr. Piña, un hombre amable pero que mostraba un carácter fuerte, en su papel de arrendador me hizo saber, con una sonrisa diplomática pero con gran firmeza, que él jamás permitiría que yo me retrasara en pagar la renta de la casita que me había encantado desde que la vi por primera vez y que, por ningún motivo, se permitían niños jugando en la entrada de la privada. Dicho lo anterior, me reiteró que los días de pagos eran el primero de cada mes (no del primero al quinto ni del primero al tercero, ¡el primero!) y con una aire un poco amenazador se retiró de mi nueva casa.

En realidad, yo ya había oído hablar de ellos por medio de mi madrina que ocupaba la casa contigua. Según me decía, el Sr. Piña era el tipo de casero que, valiéndole gorro los medios legales, entraba a casa de sus arrendatarios y sacaba directamente a la calle todos sus muebles y pertenencias si éstos no cumplían. Teniendo este antecedente y habiendo ya firmado un contrato de arrendamiento con este temerario señor, me prometí primero dejar de comer antes de no cumplir con aquello a lo que ya me había comprometido.

Con el transcurso de los meses me tocó innumerables ocasiones verlo actuar en familia. La suya se componía de una esposa de mediana edad, una mujer más bien retraída que siempre cuidaba su arreglo personal y cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. De estos, el único rescatable era el más joven que debía haber andado sobre los 25 años y que, a diferencia de sus familiares directos, no tenía problemas en sonreir al saludar a las personas que se encontraba cuando llegaba o salía de su casa. Entre el más joven de los Piña y yo nació una amistad un tanto superficial que, por lo menos, dio para platicar sobre nuestras actividades profesionales y un poco de nuestras vidas personales cuando nos encontrábamos en la calle en las tardes o noches.

Tres años después de haber firmado ese amenazante contrato de arrendamiento, una tarde se presentó en mi casita el Sr. Piña anunciándome con firmeza que requería la casa y que tenía dos meses para desalojarla. Habiendo cumplido siempre con mi obligación ante él y teniendo ya en mi vida la presencia de un periodista veracruzano, entendí inmediatamente que mi ciclo como arrendataria de este señor había concluido y me puse a buscar un nuevo lugar donde vivir con la enorme suerte de encontrarlo sólo una semana después.

Estando en mi nueva casa, la última en la que viví en la Ciudad de México, el día menos pensado recibí una llamada de mi madrina que me tenía una mala noticia: el Sr. Piña había fallecido de un infarto 5 días antes. No sabía detalles pero quería avisarme porque sabía que yo había llevado cierta amistad con el más joven de sus hijos. Sacada de onda y sin saber bien a bien que le diría, busqué el teléfono de Javier y lo marqué inmediatamente.

- ¿Sí? -

- ¿Javier? Soy Tere, fui tu vecina hace unos meses. -

- Pero ¡quiubooooo! ¡Qué milagro! ¿Cómo estás? ¿Dónde vives? -

Silencio de varios segundos. No me esperaba unas palabras tan quitadas de la pena.

- Ehhhh... Javier... mira.... yo... yo lamento mucho la muerte de tu papá y te ofrezco mis condolencias y mi apoyo en lo que necesites tú y tu mamá.-

Y si el primer silencio fue de varios segundos, el que siguió a mis palabras fue como del doble.

- ¿Cómo? - Su voz sonó molesta.

- Ehhh... sí - Ahí ya no me sentí tan cómoda repitiendo mi breve frase de condolencia, - sí, Javier, lamento que tu papá haya fallecido... -

- ¿Pero cómo me dices eso? ¡Mi papá no está muerto!? ¡Líbrenos Dios de algo así! ¡Mi papá no está en la casa porque se fue hace una semana a Guatemala a trabajar! -

Su tono fue tan indignado que me sentí la más estúpida de todas las estúpidas del país. Y sin más, busqué cualquier excusa para colgar. La llamada inmediata, a mi madrina, me confundió aún mas: "Pues no se por qué te lo negó pero el señor está bien muerto. No te lo digo sólo yo; muchos vecinos vieron cómo se hizo una misa en su casa y todos venían de negro. Y me parece raro que te haya dicho eso... ¿en Guatemala? ¡Qué raro!".

Cinco años después, en una noche veracruzana fría, escuchando la llovizna caer en el patio, recordé este incidente. Recordé también que, al paso del tiempo y cuando el tema salió a las conversaciones, muchos conocidos de esa área me confirmaron lo que mi madrina inicialmente me dijo. Y en lugar de darme pena, me dio coraje. ¿Por qué negar algo así? ¿Por qué alguien con el que había una amistad medianamente superficial se tomaría la pena de negarme directamente algo que yo podría confirmar por otros lados siendo un asunto tan delicado? Finalmente, los Piña eran sólo vecinos y yo sólo buscaba cumplir con un protocolo de cortesía básico y sin otros fines más que demostrar un poco de educación.

¿Y el Sr. Piña? Según me dijo mi madrina en esta última Navidad, sigue en Guatemala trabajando. :)

Buen martes.

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La rola de hoy:

Time Will Teach Us All
Julian Lennon and Stevie Wonder
Tea For Two

2 Comentarios

Je, no entendi la historia....se murio o no se murio ? y si se murio suena un tanto absurdo que lo negara Javier....en fin, cada persona un mundo.
Saludines Tere!

Pues que familia tan rara Tere, igual si se murio el papá del muchacho, pero por lo que cuentas me imagino que tal vez la relación entre padre e hijo era muy estricta y tal vez por eso el chavo negaba el hecho de que su padre murio... Esta medio raro de todos modos.

Saludos.

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Sobre esta entrada

Esta página contiene una entrada de Tere publicada el 6 de Marzo 2007 10:45 AM.

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