Indocumentados



Foto: ElPorvenir.com.mx


A mí jamás, en mi propio país, me habían preguntado si soy mexicana. ¡Jamás! Nunca mientras viví en la Ciudad de México a alguien que me acaba de ver por primera vez se le ocurrió dudar de mi nacionalidad, tal vez por el color de mi piel, mi cabello rizado o mi acento chilango. O tal vez porque en el DF todos reconocemos de inmediato el acento de la gente que es de afuera.

Y tal fue el caso en uno de mis viajes recientes a México en donde, en el autobús en donde iba, que se supone que es de clase superior, tuve que soportar el cuestionamiento de uno de los inspectores que me vio cara de Dios sólo sabe qué y me preguntó, quitado de la pena, si era mexicana y si podría probarlo. Menos mal que llevaba conmigo mi Credencial de Elector y que no corrí la suerte de la señora de la fila de atrás, que se tuvo que echar de su ronco pecho dos estrofas del Himno Nacional con una entonación que mejor ni les cuento.

Desde que vivo en Córdoba el cuento ha sido otro. Es común estar en el centro de la ciudad y escuchar acentos extranjeros o inclusive recibir visitas no anunciadas de centro/sudamericanos que llegan a pedirte comida... o dinero... o ropa... o algo.

Muchos de ellos, en especial los jovenes con tatuajes y aspecto marasalvatrucheno me ponen en guardia. Normalmente tocan el timbre alrededor de las 7 de la noche (cuando se les ocurre venir) y, alejados de la reja por la violenta reacción de Rufo, piden algo. No les doy nada porque me dicen que sólo basta darles una sonrisa y unos cuantos pesos para que se corra la voz de que en tu casa sí se les ayuda. Y, por supuesto, mucho menos permito que Daniela Lennon se asome a la puerta; no vaya a ser la de malas...

Con los que sí he caído son los señores (hombres) de mucha edad y esto se debe a mi ya famosa debilidad ante estas personas debido a que no tuve el privilegio de tener abuelos y no pude disfrutar de mi padre desde muy joven. A muchos de ellos les he dado comida, ropa que el señor periodista ya no usa o un poco de dinero porque me parte el alma en tres ver que tienen más de 60 años y que, aún así, emigran desde sus países buscando una vida más prometedora cuando deberían estar disfrutando de lo que cosecharon con su esfuerzo en sus primeros años de vida.

Y es que es verdaderamente alarmante el número de personas que pasan por nuestro país para llegar a Estados Unidos desde Ciudad Hidalgo, Chiapas. Aquí una pequeña prueba:



Este video lo tomé el viernes 16 de marzo a las 3 de la tarde a 3 cuadras de mi casa y, créanme, no muestra una corrida del tren Veracruz-México muy diferente a las demás. Todas son así.

Triste, ¿no?

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La letra de hoy:

All the lonely people
Where do they all come from?
All the lonely people
Where do they all belong?


Eleanor Rigby
The Beatles
Revolver


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