-No lo compran ---dijo.
-Ya veremos ---dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.
Trató de tener los ojos abiertos pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.
-Contéstame.
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero --- dijo el, coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo, gana ----dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero, suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso ----dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
"Y mientras tanto qué comemos", preguntó y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explicito, invencible, en el momento de responder:
- Mierda.
El Coronel No Tiene Quien Le Escriba
-- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
Fermina Daza se estremeció porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo, y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio, porque estaba anonadado por el tremendo poder de inspiración de Florentino Ariza.
-¿Lo dice en serio? -le preguntó.
-Desde que nací -dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene limites.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida -dijo.
El Amor en los Tiempos del Cólera
-En los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se cantaban al oído, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el límite de sus fuerzas: exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento y ella lo compartió.
En las pausas de la pasión intercambiaron pruebas excesivas. El le dijo que seria capaz de cualquier cosa por ella. Sierva María le pidió con una crueldad infantil que se comiera por ella una cucaracha. El la atrapó antes de que ella pudiera impedirlo y se la comió viva. En otros desafíos vesánicos él le preguntó si se cortaría la trenza por él y ella dijo que si, pero le advirtió en broma o en serio que en ese caso tendría que casarse con ella para cumplir la condición de la manda. El llevó a la celda un cuchillo de cocina y le dijo: --“Veamos si es cierto”. Ella se volvió de espaldas para que él pudiera cortar de raíz. Lo instó: “Atrévase”. No se atrevió.
Del Amor y Otros Demonios
-Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un gran esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Avila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero.
El Rastro de tu Sangre en la Nieve
-No sé si después de siete días sin comer, a la deriva en el mar, uno llega a acostumbrarse a esa vida. Me parece que sí. La desesperación del día anterior fue sustituida por una resignación pastosa y sin sentido. Yo estaba seguro de que todo era distinto, de que el mar y el cielo habían dejado de ser hostiles, y que los peces que me acompañaban en el viaje eran peces amigos. Mis viejos conocidos de siete días.
Esa mañana no pensé en arribar a ninguna parte. Estaba seguro de que la balsa había llegado a una región sin barcos en la que se extraviaban hasta las gaviotas.
Pensaba, sin embargo, que después de haber estado siete días a la deriva, llegaría a acostumbrarme al mar, a mi angustioso método de vida, sin necesidad de agudizar el ingenio para subsistir. Después de todo había subsistido una semana contra viento y marea. ¿Por qué no podía seguir viviendo indefinidamente en una balsa?
Relato de un Náufrago
-Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó quo la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento -como de costumbre- seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña quo la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba demorando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir.
Ojos de Perro Azul
Había llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas. Cuando escuchaba los valses de Pietro Crespi sentía los mismos deseos de llorar que tuvo en la adolescencia, como si el tiempo y los escarmientos no sirvieran de nada. Los rollos de música que ella misma había echado a la basura con el pretexto de que se estaban pudriendo con la humedad, seguían girando y golpeando martinetes en su memoria. Había tratado de hundirlos en la pasión pantanosa que se permitió con su sobrino Aureliano José y había tratado de refugiarse en la protección serena y viril del coronel Gerineldo Márquez pero no había conseguido derrotarlos ni con el acto más desesperado de su vejez, cuando bañaba al pequeño José Arcadio tres años antes de que lo mandaran al seminario y lo acariciaba no como podía hacerlo una abuela con un nieto sino como lo hubiera hecho una mujer con un hombre, como se contaba que lo hacían las matronas francesas y como ella quiso hacerlo con Pietro Crespi, a los doce, los catorce años, cuando lo vio con sus pantalones de baile y la varita mágica con que llevaba el compás del metrónomo. A veces le dolía haber dejado a su paso aquel reguero de miseria y a veces le daba tanta rabia que se pinchaba los dedos con las agujas pero más le dolía y más rabia le daba y más amargaba el fragante y agusanado guayabal de amor que iba arrastrando hacia la muerte.
Cien Años de Soledad
-Hola, poeta.
Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco papas, la Roma eterna mostraba los primeros síntomas de la decrepitud, y é seguía esperando. -He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más,- me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. -Puede ser cosa de meses-. Se fue arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años luchando en vida por la causa legítima de su propia canonización.
La Santa