
Melchor Ocampo
Vía el periódico La Crónica, me entero de que la lectura de la Epístola de Melchor Ocampo (1814 - 1861) será retirada de las ceremonias matrimoniales de los registros civiles del país entero y que, desde siempre, se ha leído a los contrayentes por costumbre porque su lectura dejó de ser obligatoria desde 1870 (!).
Y esto me sorprende porque desde hace dos o tres matrimonios (míos), mi impresión ha sido que este texto, escrito por el también redactor de las Leyes de Reforma a mediados del siglo diecinueve, es el estandarte de la moralidad mexicana que todo juez mexicano que se jacte de serlo, impone imbatiblemente en cada ceremonia nupcial que se lleva a cabo bajo su jurisdicción. El texto, íntegro, es este:
Declaro en nombre de la ley y de la Sociedad, que quedan ustedes unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y prerrogativas que la ley otorga y con las obligaciones que impone; y manifiesto: "que éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter. El uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad, confianza y ternura, ambos procurarán que lo que el uno se esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión.
Que ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza.
Ambos deben prepararse con el estudio, amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. La doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos será la recompensa o el castigo, la ventura o la desdicha de los padres. La Sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño o por su mal ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la Sociedad ve que tales personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente, se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien".
Los detractores de esta lectura señalaban que, además de ser obsoleta, el texto hacía descripciones muy poco realistas sobre los géneros de los contrayentes: "El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo". Ahí ustedes dirán...
Por su parte, la descripción del género femenino también tiene lo suyo: "La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter." Y aquí no puedo más que basarme en mi experiencia y preguntar a los promotores de la moralidad mexicana de hace dos siglos: ¿De veras se creía que las mujeres del siglo 19 abnegadamente evitaban exasperar la parte brusca e irritable de su hombre? Eso, ustedes me perdonarán, no es abnegación; simplemente es saber darle por su lado al otro de una manera inteligente, algo que tal vez nos ha faltado a las mujeres de las últimas generaciones que, por defender nuestros principios y nuestra igualdad, nos hemos metido en broncas innecesarias.
En fin, aquí dejo en forma de constancia un texto que, obsoleto y lo que ustedes quieran, pero que hizo historia en nuestro país. Sirva pues de muestra de lo que era la moralidad (vista por un hombre, claro) hace más de 140 años. Y para nada más...
Buen inicio de semana.





buen comentario,por parte suya. le comento que tal vez la epistola sea machista como usted dice y en estos tiempos ya no vale nada ,pero creo que es importante para una buena relacion entre parejas,tal vez debieron quitarle algunas cosas pero no debieron retirarla,por que sin ella algunos hombres somos peores,me incluyo por que nunca le he preguntado a mi pareja y esto es un acto de machismo,ok imaginese un ginecologo que faltase a su juramento seria el hombre mas corrupto y profano que habria y creo que hay ciertos valores que debemos de tener y algunas cosas aunque obsoletas deben de existir ,obviamente actualizadas ,este comentario no tiene el afan de molestar , gracias por su tiempo y por su espacio
Es correcto que en los tiempos actuales ya no cincida