
Ayer en la noche me sucedió un incidente duro.
Y fue duro porque me di cuenta de cuanta incongruencia podemos tener los seres humanos y lo respetable y admirables que son los que sí logran ser totalmente congruentes.
El asunto, penoso como es, inició cuando se me ocurrió sacar una bolsa de basura al lugar en donde horas después pasaría el camión a recogerla.
Y sí, es ilegal. Lo sabía y me valió gorro. Pero siendo honesta diré que ni se me ocurrió pensarlo. Lo había hecho anteriormente, no muy seguido porque la persona que me ayuda en la limpieza de la casa lo hace (de manera legal), pero ya había sucedido.
Es asunto es que más tardé en depositarla en el piso y dar cuatro pasos de regreso a mi casa que apareció una patrulla. De ella bajó un policía que me informó (no amablemente) que estaba yo cometiendo una "irregularidad". Yo le dije (estúpidamente) que todo el mundo lo hacía.
El policía sonrió y me invitó a subir a la patrulla. Ahí me asusté.
Voltee a ver a la Srita. Lennon quien me veía, pálida, desde la puerta de nuestra casa. Acto seguido le dije al representante de la ley que yo no me iba a subir a su patrulla. El policía, dentro de todo buena onda (porque bien me podía haber subido a la fuerza), me dijo que o me subía o me iba a mandar a dos policías mujeres para que me llevaran a la delegación.
Ahí me asusté más. Tranquila (en apariencia) le indique que me extendiera la multa, que yo asumiría las consecuencias de mi estupidez y que la pagaría en el banco. El policía se rió y me indicó que sólo el ministerio público me la podía extender y volvió a ordenarme que me subiera a su vehículo.
Y ahí tomé una rápida decisión. Le dije que me enviara entonces a la policía femenil porque yo no me iba a subir con él a su patrulla. Di la vuelta y camine hacia la puerta de mi casa, esperando lo peor.
Lo peor no llegó. A mis espaldas oí que la puerta de la patrulla se cerró y que el motor arrancó. De reojo vi como se alejó... y la policía femenil nunca apareció.
Lo duro de este asunto no fue el incidente sino entrar y ver a mi hija bañada en lágrimas y abrazando desconsoladamente a nuestro gato. Fue más duro aún darme cuenta de que evité aceptar mi propia falla enfrente de ella por tratar de salir, de la manera más irresponsable, de un acto que yo sabía que podría traer consecuencias y que decidí no acreditar. Lo que yo le enseñé ayer a mi hija, con mi ejemplo y con mi gran cobardía, fue que puede incurrir en actos ilegales y no aceptarlos para no asumir las consecuencias.
Y eso es lamentable. Ayer fallé como mamá y fallé como ser humano. Y no me siento bien al respecto.





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