
Este recuerdo lo tengo muy claro: no tendría más de 6 ó 7 años e iba agarrada de la mano de mi madre caminando sobre Avenida Coyoacán, muy cerca de los Viveros. Justo para cruzar una esquina ambas escuchamos el rechinido de los frenos de un coche. Más que este ruido, inquietantemente cercano, me asustó el grito de mi madre: habían atropellado al niño que venía caminando unos metros adelante de nosotras.
Yo no lo vi. Y no lo vi porque inmediatamente una parte del grupo de personas que corrió a ayudar al niño que yacía en el piso se acercó a nosotras de manera que yo no pudiera ver lo que seguramente era una imagen que podría marcarme de por vida. Recuerdo perfectamente que uno de los señores que se nos acercó le dijo a mi mamá: "Señora, la niña no puede ver esto, llévesela". Mi mamá, llorando y alterada, asintió y emprendió de regreso conmigo el mismo camino que habíamos recorrido en los últimos minutos.
Todo el entorno que existió durante mi infancia y aún la primera parte de mi adolescencia fue similar: a la gente de menor edad (por lo menos a la que yo conocía) se le evitaba imágenes crudas por un sentido de protección con el que se contaba en esos momentos. Si había guerra, si habían accidentes, si alguien moría trágicamente, eso no lo veíamos directamente. Nuestro contacto con las grandes tragedias de la vida era únicamente de oído.
Ahora es diferente.
Hace unas noches, mientras la Srita. Lennon y yo cenábamos viendo el noticiario de Adela Micha, se transmitió la imagen de un policía que fue atropellado por una camioneta mientras levantaba una infracción. El momento en que la camioneta lo tiró y pasó sobre él fue tan crudo para mí que intenté, sin éxito alguno, cambiar rápidamente de canal para que ella no lo viera. Lo que me sorprendió fue su reacción (o más bien la falta de ella): Daniela Lennon siguió comiéndose su cereal como si nada mientras veía la imagen. Al día siguiente pasaron la imagen de 4 indocumentados ahogándose en el Río Bravo al tratar de cruzar hacia los Estados Unidos. Y ahí, ya más por experimento que por otra cosa, decidí no cambiar el canal, no comentar nada y estudiar su reacción. Fue la misma del día anterior.

Este descubrimiento es hasta doloroso para mí: mi hija y, en general, los niños y adolescentes actuales, están muy acostumbrados a ver imágenes crudas que aunque realistas, les quita un respeto que yo pienso debe tenerse ante las tragedias del mundo.
El incorporar a la vida cotidiana esas imágenes y verlas con naturalidad tiene el riesgo de despertar cierto cinismo en ellos que no conocieron las generaciones anteriores. Y aunque yo soy una convencida que, en la vida, no hay como manejar la realidad en todas sus facetas, pienso que se debe conservar la dignidad de los afectados por estos eventos tan lamentables.
En resumen, si yo fuera la hermana de Edgar Ponce, la hija de alguno de los indocumentados que se ahogaron o la madre de alguno de los niños que fueron golpeados por el chofer del camión escolar que los conducía a su casa, me daría en toditita la mother que las imágenes relacionadas con la tragedia personal de mis seres queridos fueran transmitidas tan a la ligera, sin el mayor sentido de respeto a su dignidad y, sobre todo, fomentando la cultura de la indiferencia ante el dolor ajeno.

Nos vemos el lunes. Descansen, diviértanse y sean felices.





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