
Este blog se abrió en septiembre de 2004. A partir de ese momento tuve muy claro lo que no quería que fuera. Lo primero fue que no sería un blog personal. No tuve en ese momento (ni lo tengo ahora) interés en platicar de mi persona, de mi vida, de mis experiencias, de mis errores de vida, de amigos, de mis enemigos, de mis farras, de mis amores, de mis quereres ni de mis odiares. Lo segundo fue que no sería un blog con actualizaciones diarias; me permití descansar -y dormir como enano- los fines de semana y así cargar pilas y energías (como lo hago para poder desempeñar decorosamente otras de mis varias actividades) con el fin de poder presentar durante cinco días hábiles artículos de interés general. Lo he cumplido hasta el momento.
Sin embargo, hoy haré una excepción.
El momento se dio durante una de las primeras visitas de Juan Pablo II a la Ciudad de México.
Teniendo la fortuna o desfortuna (según como se vea) de residir en la Colonia Guadalupe Inn y a dos calles de la calle entonces llamada Felipe Villanueva (hoy Calle Juan Pablo II, lugar donde se hospedó el Papa), me tocó atestiguar los preparativos para su inminente llegada.
El primer indicativo del desastre fue un par de monjas que tocaron la puerta un mal día para preguntar cuántas personas vivían en nuestra casa. La respuesta de mi madre, estudiante tardía de la Facultad de Filosofía de la UNAM que entonces estaba muy metida en su personalidad comunistoide cuasi-huarachera y chetera-morralera convencida, fue cuatro. Cuatro personas vivíamos en ese domicilio en esos momentos: Mi padre, el Ing. Chacón, hombre religioso, devoto, de derecha extrema, cariñoso y casi siempre ausente; mi madre, cuya descripción creo que fue más que cruel aunque precisa, mi hermano (menor que yo unos pocos años) y yo, Tere. Las monjas apuntaron la información y prometieron regresar un par de días después con credenciales que nos acreditarían como colonos, con el fin de que pudiéramos deambular libremente por la colonia ya que ésta "estaría cercada por la policía y nadie podrá entrar".
Debí haber dudado de su palabra desde ese momento. No lo hice. Mala idea. Una semana después, y dos días antes de la llegada del Papa a México yo veía ya las inmediaciones a la calle donde se hospedaría hasta el keke de gente. Y de plano no se les veía ninguna intención de salirse de la zona "controlada" cuando llegara el jerarca mayor de la Iglesia Católica.
A pesar de mi edad mis creencias religiosas eran firmes en ese momento: no creía en la religión. Tal vez fui el resultado de la combinación de una mujer sin creencias religiosas y tendencias de izquierda con un hombre provinciano, devoto, sumamente católico que nunca faltó a misa un sólo domingo de su vida. En cuanto a Dios no estaba muy segura. La influencia de mi padre había sido definitiva en muchos sentidos pero en esos precisos momentos no tenía yo una idea clara de mi concepto de la palabra Dios. Y probablemente tampoco me importaba mucho definirlo.
El día previo a la llegada del Papa recibí la peor noticia: varios de mis familiares vivirían en mi casa algunos días para poder tener al Sumo Pontífice cerca. No tuve ni tiempo de reclamar. En menos de lo que cantó un gallo mi casa se llenó de gente, familiares platicones, entusiasmados por el evento, que llegaron con un fervor religioso que jamás les había notado. Mi cama fue cedida a alguna de mis tías. Mi recámara parecía un campo de batalla. Tardé esa noche, previa a la llegada de Juan Pablo II, más de media hora en localizar mi mochila para poder estudiar para mi examen del día siguiente. Sobra decir que cuando la encontré, arrumbada en el último rincón de la cocina ya que le había estorbado a alguien, mi humor era menos que grato.
Juan Pablo II arribó el día siguiente a la Ciudad de México. En ese primer día el caos imperó. La cantidad de gente que había estado en los días previos a su llegada se quintuplicó. Había estudiantinas, indígenas, niños, mujeres con rebozo, monjas, sacerdotes, familias completas durmiendo en la calle, literalmente en la calle. De día hacían guardia para verlo salir y entrar. Yo pude medianamente cruzar la calle a base de conpermisos y conpermisitos tanto para llegar a presentar mi examen como para regresar a mi hogar en algún momento de la tarde. Me prometí no sufrir al día siguiente, el segundo día de la visita papal.
Y así fue. En el desayuno comunitario-familiar alguien tuvo a bien recordarme que el Papa regresaría a las 4 de la tarde de su visita a la Basílica de Guadalupe. Me avisó tiernamente que el regreso en el "Papamóvil" se daría por Av. Revolución, opuesta a Avenida Insurgentes, que era la otra vía principal de accesar la colonia. Me preguntaron si podían contar conmigo para ir a verlo pasar. Mi humor, que no había variado desde la noche anterior, me permitió sólo contestar un parco: "No estaré, tengo exámenes; iré a estudiar a la casa de una compañera de escuela a partir de las 3 de la tarde".
Por supuesto, era mentira. Yo no había concertado momentos de estudio con nadie. Lo único que deseaba era salirme de mi casa, del infierno en el que estaba convertido mi colonia. Así que le hablé por teléfono a mi novio en turno y, casi lloriqueando, le pedí que se solidarizara con mi coraje y mi molestia. El interfecto, solidario y enamorado, me invitó un café (en esa época mis consumos no incluían bebidas alcohólicas) en un lugar llamado Tabby's que se encontraba en la Avenida Insurgentes casi esquina con Barranca del Muerto, el punto opuesto por donde llegaría el Papa. La cita fue a las 3 en punto.
En Tabby's pude vislumbrar el cuasi-paraíso: ¡estaba prácticamente vacío! Las únicas almas presentes eran un mesero, el cajero y dos periodistas con sus cámaras tomando café en otra mesa. Nadie más. La Avenida Insurgentes estaba desierta; habían cortado la circulación vehicular.
La plática era amena y mis quejas familiares fluían ininterrumpidas cuando algo, que a la fecha no puedo descifrar, sucedió en el ambiente. Un viento tenue (que no tendría razón de ser porque el restaurante se encontraba en lugar de encerrado) sopló e hizo que las 6 personas del local guardáramos un silencio inmediato. Nadie dijo nada pero todos nos paramos de las sillas al mismo tiempo. Corrimos juntos a la salida como si el lugar se estuviera incendiando. Dejamos cámaras, bolsas y efectos personales en las mesas. Sólo detuvimos nuestro paso apresurado en plena vialidad justo a tiempo para ver pasar un policía en motocicleta. Después de éste paso otro. Después otro.
Lo que sucedió después no tiene ni razón ni lógica pero sucedió: después del tercer motociclista vimos el Papamóvil con todo y Papa adentro. Venía despacio, como disfrutando la ausencia de gente en la acera. Al ver a 6 individuos casi a la mitad de la calle disminuyó el paso. Se detuvo brevemente.
Juan Pablo II, a menos de un metro y medio del lugar en donde estábamos parados, volteó hacia nosotros. Nos sonrió y nos bendijo. Después de unos breves momentos, partió.
Y así, un cajero, un mesero, dos periodistas, un novio solidario y su servidora, en fila perfecta, nos dimos cuenta varios segundos después de que el Papamóvil había arrancado, que estábamos hincados en el duro pavimento del segundo carril de la Avenida Insurgentes sin tener la conciencia exacta de lo que había sucedido y que después nos fue muy obvio: al Papa Juan Pablo II lo habían desviado de su recorrido original por el exceso de personas que se encontraban esperando su paso.
Y ahora, muchos años después, sabiendo que Juan Pablo II me llenó en algún momento de mi vida de una energía blanca, vigorizante y única que jamás he vuelto a sentir a pesar de que mis puntos de vista religiosos no han variado mucho, escribo este post en honor a ese hombre, jerarca de la iglesia católica que ha dejado de ser Papa.
Adiós Karol Wojtyla. En mí sí dejaste una huella y un recuerdo imborrable. Descansa en paz.
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La rola de hoy:
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