El 29 de noviembre de 2002 se llevó a cabo un concierto para honrar la memoria de George Harrison, que había fallecido justamente un año atrás. El evento se desarrolló en el Royal Albert Hall de la ciudad de Londres.
Para ese concierto, el guitarrista Eric Clapton y la viuda de George, Olivia, convocaron a una serie de artistas que de alguna u otra forma habían interactuado con George durante su vida artística.
Aquí les comento mis impresiones del concierto:
La primera mitad del concierto se enfoca a la música hindú que tanto atrajo a George en vida. Esta corrió a cargo de la hija de Ravi Shankar, Anoushka quien, con una maestría asombrosa para su corta edad, interpreta el sólo de sitar titulado Your Eyes, seguida de The Inner Light, acompañada por Jeff Lynn y concluida por Arpan, cuyo nombre significa "Ofrecimiento". Esta última fue una pieza de corte hindú especialmente compuesta por Ravi Shankar para George en la cual expresa las aspiraciones espirituales del ex Beatle. La Srita. Shankar, media hermana de Norah Jones y que además heredó el gran talento y la sensibilidad de su padre, tiene
un sitio web en donde podrán conocer además toda su obra.
La transición a las composiciones de George estuvo a cargo del grupo de comediantes de
Monty Python que, de la manera más hilarante y con un excelente humor inglés, rindieron homenaje a aquel que les financió varios proyectos fílmicos y que siempre proclamó que el espíritu Beatle continuó viviendo en ellos después de que el grupo se separó.
Por su parte, Eric Clapton, organizador del concierto y piedra angular del mismo, confirmó lo que todos hemos sabido desde siempre: lo suyo es la guitarra. Los acordes que alcanza a arrancarle así como la agilidad de sus dedos y su probado talento, lo hicieron pieza indispensable de casi todas las canciones que además, representaban poco reto para él, ya que su constante y antigua amistad con George le permitió saber exactamente cómo se interpretan sus composiciones.
Su voz es asunto aparte. Es melodiosa, sí. Es afinada... también. Pero nada más. Es monótona y cumple la misma norma que cumplen las películas tresequis: ves una y automáticamente las viste todas. Así es la voz de Clapton: la oyes una vez y la oíste en cualquier otra rola. Confirmado ya que lo suyo es la guitarra, no me queda más que sorprenderme al ver los alcances de sus aspiraciones.... ¿un dueto con Paul McCartney?.... No. No fue uno. Fueron 2. Ojo, Eric... mientras más alto vuela uno más duele la caída. El saco te queda grande,
muy grande y ni cómo llenarlo.
Con un poco más de modestia y un peinado estilo Rufus, se presentó Jeff Lynne. Al igual que Clapton, fue parte integral de la mayoría de las composiciones de George, siempre con medida y siempre con discreción. A pesar de su poco protagonismo, su interpretación de The Inner Light fue magnífica. Además, al haber sido el único artista de música pop que se presentó en la parte hindú del concierto, logró atraer atención a su persona. Bien por él.

Tomando la bandera feminista, hablaré de la segunda y última mujer que estuvo en el escenario interpretando una canción. En este caso fue Horse To The Water. Con una voz impecable y un manejo perfecto de sus inflexiones, la Srita. Sam Brown interpretó una canción difícil debido a sus fluctuaciones rítmicas que además fue una de las últimas composiciones de Harrison. Bien por ella. Mal por su vestido y peor por el sombrerito. Pero bueno.... esos son pequeños detalles ya que los hombres tampoco se destacaron en ese rubro. Los brinquitos tampoco eran necesarios.
Tom Petty y su banda lograron una buena armonía. Fue obvio que ensayaron, ensayaron y siguieron ensayando. Gran detalle además, invitar a Dhani a participar en aquella canción que fue el estandarte inicial de Traveling Wilburys, Handle With Care. Ese fue un detalle muy emotivo que preparó a la audiencia para los siguientes números musicales. Si bien, la voz de Petty es tan monótona como la de Clapton, el apoyo de sus secuaces/miembros de su banda/Heartbreakers hizo una gran diferencia. Aquí, la única pregunta que llegó fue: ¿Qué le pasó? El chavito, guerito, mono, atractivón de Traveling Wilburys llegó al Concert for George convertido en un guiñapo... ¿de plano fue tanto el polvito blanco? Claro, yo se que ya pasaron 15 años de los Wilburys... pero no es para tanto.
Aquí bien vale un paréntesis. La Sra. Harrison estuvo sobresaliente en su papel de viuda. Sin prodigar sonrisitas a lo loco, mantuvo la dignidad de una gran señora, siempre muy bien en su rol. No quiso ni buscó brillar. Ella estuvo en ese lugar para presentar sus respetos a su esposo y para honrar al músico con el cual vivió muchos años de su vida. Dhani, su hijo, al parecer heredó la misma prudencia y buen gusto. Su discurso de agradecimiento fue breve, directo y llegador. Nada de sentimentalismos innecesarios ni palabritas cursis. Hijo de tigre, pintito.
Al que por ningún motivo se deben de perder es al percusionista Ray Cooper. El señor, sin mover en lo más mínimo un músculo facial, le arranca a un simple panderito los ritmos más insospechados. Y de su manejo de las percusiones ni hablamos. El señor es un virtuoso. Punto. Y aquí entraría otra pregunta de esas que siempre llegan cuando uno ve conciertos de la magnitud del Concert for George.... ¿por qué Cooper no ha alcanzado la gran fama internacional de sus compañeros de escenario? No cabe duda, el talento excepcional no siempre da los resultados esperados. Como sea, los invito a disfrutarlo. No se van a arrepentir.

Billy Preston es como Pavarotti. Abre la boca sin hacer el más mínimo esfuerzo y sale un vozarrón que te impacta. Fuerte, sólida, manejada a la perfección, la voz de Preston, complementada por su control de los teclados, brinda uno de los mejores momentos de este concierto. Por si fuera poco lo anterior, el señor irradia simpatía. ¿Qué más se puede pedir? Lo he dicho antes y ahora lo pongo por escrito: a falta de George en este mundo, el mejor intérprete de My Sweet Lord es Billy Preston. Nadie mejor que él para recordarnos la vida y la obra de George.
Y ahora sí quiero echar un BUUUUUUU fuerte. Y para casi todos. ¿Qué les pasa, señores? ¡Iban a un lugar de categoría, a un concierto de nivel mundial, a rendirle homenaje a un amigo que se fue! ¿Y cómo se veían? Se veían como si se hubieran reunido en un domingo caluroso a chelear en la banqueta. Las fachas que llevaban se podían esperar de cualquiera, nunca de los participantes de un evento tan señorial. Y Dios! La camisita de Walmart que llevaba Clapton, sus tennis de tianguis, las garras de Lynne, la blusita de manta playera del joven Dhani... bueno, ya hasta continuar escribiendo esto me da pena ajena. Por favor, señores, lo rockero no quita que te pongas, por lo menos, un saquito prestado. Aunque sea eso. Y ni hablar de corbatas... va más allá de lo que ellos conocen. ¿Quienes se salvaron?..... ¿Quien sino Tom Petty, Paul, Ringo y Billy Preston? Y párale de contar. Y si se preguntan qué es lo que se ve en la próxima foto, de una vez aclaro la incógnita: son los tennis de tianguis con los que Clapton tuvo a bien presentarse a un evento que él sabía, tendría difusión mundial. Nada más y nada menos.
El frío público inglés de la primera mitad del concierto se desbordó prácticamente cuando entro Ringo Starr a escena. ¡La gente lo adora! Y si bien, seamos justos, la lógica y el análisis nos dicen que Ringo no es un baterista brillante ni que ha tenido éxitos musicales como los de sus compañeros de The Beatles, y que para colmo, baila como oso con pandero, nada de esto afecta al Sr. Starr. ¿Por qué? Porque su personalidad y el angelote del tamaño del mundo que tiene, lo salva todo. Todo. Ringo brilla por su sonrisa, por su calidad humana y eso lo sabe la gente, lo sabe el público y lo reconocen sus compañeros artistas. Por su parte, Paul, sin estar más que en la parte final del concierto y participar humildemente como parte del grupo de artistas, se hizo notar como sólo Paul sabe hacerlo. El Sr. McCartney no necesitó más que pararse en el escenario. No era indispensable que tocara ni que cantara para ver que el auditorio se paró en su totalidad para brindarle una ovación de esas que sólo se ganan con el gran talento y el trabajo arduo musical que ha desempeñado toda su vida. Paul sabe bien que su nombre resonará en 100 años. Y en 200. Y en muchos más.
El final, lo admito, en un principio me decepcionó un poco. De inicio, yo esperaba algo apoteósico, un crescendo de My Sweet Lord que terminará en la unión de todas las voces con un vibrato de orquesta y que me dejara temblando de la emoción y altamente conmovida por la tan sentida partida de George.
No fue así.
Al escenario salió un señor llamado Joe Brown (padrino de la boda de George con Olivia), con otra camisita de Walmart (esta, hawaiiana), que con un ukulele cantó la melodía "I'll See You In My Dreams", la cual era una de las favoritas de George.
Y así, sin mayor trámite, solo al sonido de un pequeñísimo instrumento en tamaño y grandísimo en la capacidad de conmover a miles y miles de personas que han tenido la oportunidad de ver este concierto o de atestiguarlo en vivo, el Sr. Brown volteó al cielo y dedicó el más humilde de los tributos que se le pueden ofrecer a un amigo que ya no se encuentra entre nosotros: una canción sencilla y sin mayores complicaciones.
Ese final, lo entendí después, fue el que George hubiera querido. Fue para George y por George.